miércoles, 29 de abril de 2009

Ultimo verano

Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer,
se arremolina
Con una prisa que es del todo humana.

Jorge Luis Borges


Luna desnuda la noche en silencio
igual a un rezo sin voz
Ciegas promesas
ajenas a la flor
razón para la soledad.
Cuando un canto es nuevo
a la luz del sol y un mismo espejo
es el que nos mira.


Nos preguntamos
por qué razón
somos dos almas heridas
con signos, marcas, distancias y miedos
y sin saber qué sueños
viven detrás de este tiempo.


Perdido por perdido sea bienvenido
este amor como las golondrinas
que llegan al último verano


Señal de gracia sin luz sin descanso
lazos que no dejan salir.
Partes del viaje se pierden al fin
golpe tan duro al corazón.
Cuando el cielo nos encuentra a los dos
y todo lo que nos rodea es vida.

Nos preguntamos por qué razón
somos dos almas heridas
de sombras secretos y días que fueron
Y sin saber qué sueños viven detrás de este tiempo.


letra de Leon Gieco

martes, 28 de abril de 2009

Sobre una calabaza, observo el cascabel de aquel gato asustado

Murmuraban que todo enigma es una sustitución. Una cosa se hace pasar por otra y en realidad, agazapado en un rincón (¿del pensamiento?), el verdadero objeto aun perdura en la construcción verbal que lo envuelve y lo oculta a la percepción primigenia. Así se nos aparece el tropo.

Hace menos de un siglo alguien descubrió que los jóvenes poetas de una generación se inclinaron por unas apenas pocas combinaciones, desechando todas las demás e infinitas posibilidades. Por fortuna algunos aun hoy nos demuestran en menor o mayor grado que es posible rescatar metáforas originales de ese ánfora invisible y arduo de conjeturar que es la inspiración humana. Una de las ultimas que me arrastró a pensar estos versos el mundo es el cascabel/ de un gato asustado persiste en la desolación de chupando un palo sentado/ sobre una calabaza para referir parejamente al vértigo y al desengaño

El tropo

Del disco alado que envuelve
El espejo reticente, lo exalta,
Con sustituciones de eternas
Ánforas, de símbolos y de sombras.

Soberbia mascara de vocablo
Ungida por el doblez derecho
De la mano fraterna que la erige
Y la olvida de inmediato.

Atribuciones de la palabra
O el verso. Afirmaciones vanas,
El enigma no exonerado
De la conjetura o el fervor.

Hay en el lenguaje de Dios
Una cadena infinita de derivaciones
que apenas rozamos con el alfabeto
O la voz imprecisa.

Mi palabra es esta u otra
Su significado, la sucesión
Su pormenor, su entretejido.
En fin nadie dice lo que dice
O cree decir otra cosa.

lunes, 27 de abril de 2009

El prestigio





Es una asignatura pendiente (¿casi una obsesión?) la arquitectura de un artículo que refiera a la novela de Christopher Priest The Prestige y su ulterior metamorfosis en el film dirigido por Christopher Nolan y protagonizado por Hugh Jackman, Michael Caine y Christian Bale. Presiento que el discurrir de los días algo vislumbrarán de esta inquietud visceral.

Existen varios elementos que a mi juicio atrapan al espectador y al lector, en especial a este que escribe: la morfología y los alcances del duelo entre dos individuos que ciertamente necesitan el uno del otro para satisfacer sus propios y enrevesados anhelos, la obsesión (la reconcentración en el objeto que tan bien denotará Poe en su Berenice) y la prestidigitación como alelada astucia del hombre severamente urbano. Tres vértices de atracción estéticas interesantes, a mi ver. Parejamente me es imposible eludir la preferencia por el segundo pero sospecho que no valdría nada sin la primera premisa. Toda obsesión (o deseo de) debe ser compartida y su consumación en un duelo inclaudicable, es quizá la mejor manera de fabular una historia.

A falta de algo propio, por ahora, reproduzco este soberbio artículo del fabuloso blog La taverna de Pat Cohan, mientras enhebro, una a una, las esperanzas en esa próxima reseña:



"Cuando a finales del siglo XIX el cine empezó su andadura de manos de los hermanos Lumière y de Edison, era un fenómeno de feria, un producto de una era de prodigios tecnológicos... y mágicos.

Básicamente, hoy, más de un siglo después, en otra era de avances tecnológicos, sigue teniendo esa fascinación.Y no sólo por los efectos especiales y las maravillas informáticas, si no también por la capacidad de contar historias enrevesadas, con trucos y trampas variadas, que, sin embargo, sean capaces de concitar la atención del espectador y manejar sus sentimientos y emociones.

El truco final no es sólo un homenaje al mundo de la magia y a una era fascinante, es también un despliegue de pirotecnias tan efectistas y efectivas como los trucos mágicos que presenta.

No habiendo leido la novela en la que se basa la película, ignoro cuánto de este arte de birlibirloque guionístico hay en el material original y qué es cosecha propia de los hermanos Nolan, pero sea cual sea el caso, hay que felicitar a los responsables. Porque el film es tan tramposo como las artes mágicas descritas en el mismo... pero igual de triunfador en su efecto.

Estamos ante una película estructurada como una muñeca rusa, con un flash-back que encierra otro, con un misterio que esconde otro más. Como en los buenos trucos de magia, se muestra casi todo y se dan prácticamente todos los datos. El espectador puede intentar deducir quien está detrás de cada acción, de cada personaje... y hasta puede adivinarlo. Y si no lo hace, en la resolución verá que cada pieza estaba en su sitio.Una segunda lectura de la película estaría en la caracterización, en el enfrentamiento de tintes bíblico entre dos amigos, Hugh Jackman y Christian Bale, que devienen enemigos mortales. Hay mucho de Cain en ese Robert Angier (Jackman), trabajador y carismático, que suple su venganza hacia el antiguo compañero por una envidia que el muy próximo a Abel Alfred Borden (Bale) verá convertida en odio.

Hay un tercer nivel, poco desarrollado pero fundamental en su breve aparición por las pistas que aporta, y es el de las mujeres en la vida de los dos protagonistas.

Si algo se le puede reprochar al guión es que hay hacia el final un giro temático (o más bien de género cinematográfico) que chirría un poco... alguien podría sentirse engañado por este cambio, pero también podríamos decir que estamos ante "el prestigio" definitivo, ese momento que maravilla y sorprende al mismo tiempo. Que cada espectador decida.

En lo que sí se debería estar de acuerdo es en que la reconstrucción de época es excelente, la fotografía soberbía, la interpretación -especialmente Hugh Jackman y Michael Caine- más que eficiente y que el pulso narrativo de Christopher Nolan hace que las más de dos horas de celuloide pasen veloces. Como bien dice Rafael Marín en su bitácora, estamos ante la primera gran película del año. Una demostración más de que la calidad y el cine de gran consumo no tienen por qué estar reñidos."



Para leerla en su contexto original sin la dilación del espantoso exordio:

http://patcohansbar.blogspot.com/2007/01/el-truco-final-el-prestigio.html

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