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domingo, 21 de junio de 2009

Convergencias




El último viernes, tras toda una tarde que se prolongó en la noche, atestigüé el declive tan propio del cuatrimestre universitario, ese bello ocaso de aulas vacías y foros huérfanos. Uno logra cultivar el disenso en esos espacios. El aire solitario de los pasillos conmina a descreer de casi todo sentido de verosimilitud del mundo externo. Salí de allí sin mucha prisa y remonté Río de Janeiro rumbo a Corrientes. Tengo la indecible costumbre de caminar bastante como aquel personaje del The Invisible Man de Chesterton en las argucias del padre Brown. Fue merced a esta afición que al regreso me topé con un pequeño acto que organizó Convergencia de Izquierda en la boca del subte de Callao. Por lo general quien escribe después de arduas horas escuchando la bibliografía entera de Adorno o las peripecias del pantano argentino encuentra bastante dichoso ceñir el pie sobre la acera de Buenos Aires (sobre todo un viernes a las cinco de la tarde) y rendirse a la visión externa de un mar de rostros. Aquella tarde esa impresión lo fue todo. Asueto de los desiertos de la Universidad, celebré la constancia de algo mas que os muros y escaleras que desembocan en jornadas de pasillos grises y escuetos hacia los laterales.

En el acto no habría más de cincuenta personas, atributo que me pareció bastante adecuado y bastante sintomático. El orador del discurso de cierre señalo un tópico que a estas alturas parece un dogma de estos escritos: fustigo la delusión de la izquierda y el guiño de ciertos actores políticos con los modos de publicidad propios de la lógica pequeño burguesa. El dictamen preciso, que unió a las diferentes perspectivas de un campo social que aparece fragmentado y con cierta acotada intención revolucionaria por las posibilidades reales de la praxis política, declaró un convencimiento muy propio. Hace unos años en un célebre reportaje (célebre al menos para mí) Alejandro Dolina le señalaba a Joan Manuel Serrat que el progresismo se ha acotado a unas pocas manifestaciones que tienen más bien que ver con la cultura y la manifestación artística contestataria, asumiendo un rol de actitud políticamente correcta y desplazando en ese sentido la moral conservadora. Lo reproduzco: “Hay toda la idea en Argentina y en el mundo diría yo, de que existe una actitud políticamente correcta. En los últimos años esta actitud política que podríamos calificar como admitida en todos los foros, con mayor o menor resistencia, ha ido girando hacia la izquierda y si cada vez son mas los elementos que antes provocaban irritación que ahora han integrado una actitud aparentemente aceptada por todo el mundo. Esto podría tomarse como un triunfo de la izquierda, a mí me da un poco de miedo eso. Tengo toda la sensación de que las ideas progresistas han sido acotadas cada vez mas en unos pensamientos que mas se relacionan con la cultura, con el mundo del espectáculo, con la actitud que uno puede tener hacia ciertos tipos de represiones menores que no por ejemplo a cosas que pensaba Marx, que imagino no eran exactamente estas.”

Estamos ciertamente muy lejos de plantear un cambio en los patrones de acumulación en Argentina y en tanto eso, se verifique en el axioma de la acción política emergente, existe un punto de no retorno en la posibilidad siquiera de incitar un debate acerca de las proporciones o lineamientos de esa dirección. Vale decir que nadie hoy cuestiona la legitimidad de un concepto tan llano como el de propiedad pero aun sin discutirlo por considerarlo inherente, ni siquiera se tiene la audacia de plantear un proyecto de consolidación burguesa en el cual se asuman prioridades concretas en virtud a la neutralización y avance sobre sectores tradicionales de poder en la Argentina. Aun en las objeciones, y muy ciertas, de reforma tributaria, el modelo de reproducción (y generación) de recursos estatales se ajusta a la lógica recaudatoria de un estado deficiente o improductivo. Se me podrá decir con acierto que la imposición de un sistema progresivo favorece y en mucho el consumo pero ¿Qué industrias o productos se consumirán a partir de esa reforma?

Desde hace tiempo me plantee el actual proceso político como un respiro para el campo popular. Diversas fuerzas, pertenecientes a corrientes militantes que agrupan a formaciones tradicionales y no tradicionales de izquierda aparecen en el campo político con una fuerza renovada después del letargo propiciado por los falangistas y el periodo de diez años conocido como la segunda década infame. Por desgracia si las previsiones acerca de los efectos de la crisis son ciertas, este respiro deberá ser aprovechado con premura porque en los antecedentes vislumbramos que las crisis económicas a escala mundial a partir de los cíclicos colapsos del sistema capitalista tienen como efecto proverbial el avance de las convicciones conservadoras, el racismo, la intolerancia y las purgas políticas y financieras con un fuerte control estatal en la emergencia de socializar catástrofes y solventar pérdidas. El interrogante es cómo reaccionara el campo popular, la izquierda y la gran masa de proletarios ante este advenimiento que será respaldado por una gran porción de su misma clase social.

En la resolución de este enigma aparecen las palabras de aquella noche cerca de Callao, como ecos o esquirlas en la conciencia que se prolongaron mas allá de las diez: la unión. La unificación del campo popular constituye el sinónimo de la inversión de la lógica actual que delinea funciones y preponderancias a partir del verticalismo descendente, sin mucha incidencia de las bases. Parece una conclusión un tanto precipitada; en verdad requiere pensar la convergencia como un punto de apoyo que desgasta la diversificación en nomenclaturas y voluntades individuales. Un solo frente debilitaría, de hecho, toda posibilidad de escaramuza en el terreno propio mientras hoy los intereses corporativos no tienen empacho en mezclarse y avasallar lo que se precie. Una verdadera carrera contra un tiempo que se agota y se cierra.

Otra alternativa radica en la probabilidad de que esta congregación de sectores de izquierda se produzca una vez consolidada la reacción. Sectores oficialistas veleidosamente progresistas se muestrean hoy mas propensos a probar con los antiguos recursos de un partido derruido hasta los cimientos, especulando electoralmente con los alcances de esta audacia. Ahora bien aparecen dos opciones simultáneas: Si esta estrategia fracasa, entonces sobre la marcha podría recomponer su error y buscar a los sectores que antes desprecio por cálculo electoralista básico. O le dejaría la puerta abierta a un período nefasto de vaciamiento del estado, orientado a salvaguardar los privilegios oligárquicos. Si es así el respiro habrá acabado.

sábado, 13 de junio de 2009

El exilio interior




Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
cuando asqueados de la bajeza humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.



Noche de desvelo. Ante la inminencia del cuarto cigarrillo que diluye su rastro entre la luz aterida de la cocina y el ventanal dislocado por la niebla, me asaltó la delicia de Margarite Yourcenar al referir a Genghi, el resplandeciente, cuando se exilió en su ermita y pudo por fin gozar el lujo que consiste en prescindir de todo. Quisiera paladear ese privilegio. Es quizá una de los caprichos de este tiempo.
Oportunamente se hablaba de un exilio interior. Hubo quienes nunca regresaron rezan por ahí. Otros hemos virado las esquinas del espanto, trémulos e indecisos, percibiendo en noches de fiebre y teratologías esos parajes. Resulta hoy indispensable (como casi todo) remontar la memoria del republicanismo español. Memoria que no sería inusual de no ser amparada por un argentino que vislumbra Madrid. Ciertamente mi abuelo fue un hombre de tierra fronteriza y ciudadano español. Pese a ello no tengo una idea clara de esos años pues su voz apenas recogía los hechos de tiempos mas cercanos y el tiempo la borró con demasiada ligereza. Las anécdotas, por tanto, son prestadas y fruto a la vez de cierta idealización que, conforme los hechos documentados arrecian (unido al presente del Partido Popular y sus derivaciones), adquieren una morfología definida.
Sería arduo hablar de Julia Conesa, de Buenaventura Durruti…


El republicanismo español como tal situó a España a la cabeza del progreso de su tiempo. El largo camino del Cid en la menesterosa conformación nacional de refundación cotidiana había alcanzado un punto inflexivo notable. Como sucedió aquí (o al menos fue el proyecto pendiente de una generación desparecida) los reveses del oscurantismo impuestos por la inquisición cuyo mas redituable ejercicio fue el de expropiar a los herejes de su patrimonio y sus tierras para mantener las arcas del estado absolutista manteniendo los privilegios del clero y la nobleza y la conquista de América. Ambos tuvieron el carácter sustancial de una cultura española que luego sembraría sus huellas en la pampa: el saqueo y el genocidio como corolario de aquel. El declive del imperio español tuvo sus raíces en esta improductividad de hecho frente a los procesos productivos reales que generaban autónomamente los recursos para sostener los nacientes privilegios de clase de la burgusía. Ello desarticuló el retrógrado uso de la legitimación de clase nobiliaria para habilitar nuevas formas de coacción con antiguos y nuevos fetiches legitimizadores del orden social. El empuje de ese residuo cultural se derivó a los retoños americanos y Latinoamérica reavivó esa cultura a partir de su incorporación tardía y deficiente al sistema global.


La tradición del republicanismo español era la esperanza de un salto definitivo. Un borrón, una divergencia en la historia y como tal mereció el castigo. Se ciñó sobre ella el mismo puñal que conocerían los intentos de torcer el rumbo insito de esa cultura, el mismo que plantaría su estela aquí en Chile tras la sedición del General Pinochet o Ernesto en Bolivia. La traición de la cohorte de la cúpula militar o de los mercenario vendidos por unos pocos morlacos casi siempre tuvieron en común una situación que trascendía el alcance mas vasto de una insignificante acción individual: un cierto consenso social de bases populares innegables respaldaron esas traiciones ¿Qué hubiera sido de la resistencia de los trabajadores de la Segunda República unida a la batalla de las Brigadas y los ciudadanos argentinos de contar con el apoyo de todo el pueblo español? ¿Hubieran llegado las tropas de Pinochet a la Moneda de haber mediado la resistencia de los civiles? ¿Hasta dónde hubiese llegado Ernesto de no haber mediado el recelo de los Rangers bolivianos? Un caso que puede servir como vara es el levantamiento carapintada en Campo de Mayo. Ante la ínfima posibilidad de que los militares asumieran la conducción política una multitud se congrego en plaza de mayo. Se planteó la posibilidad de confrontar a los sublevados. Alfonsín (el gran demócrata según el sainetesco maquillaje de los medios) prefirió marchar solo y negociar las leyes de obediencia debida y punto final. Luego nos deseo felices pascuas. El hecho anterior revela hasta que punto es decisivo el consenso social para los crímenes y los renunciamientos. Claro que para adquirir esta conciencia de impugnación que ni siquiera era de subversión o revolución social sino de denuesto (siempre más sencillo para la praxis argentina) fue necesario el concurso del horror latente. A la defensa del republicanismo español (y el régimen socialista chileno y Ernesto) no se requerían de desaprobaciones profesionales sino de un apoyo popular explícito al cambio.


Siempre se subraya que las técnicas que permitían fenómenos tecnológicos como el fonógrafo o la televisión estuvieron disponibles desde mucho antes de que existiera un uso social que los hiciera posibles. En efecto la disponibilidad de recursos a partir de los desarrollos teóricos cuyo máximo punto la decodificación de los rayos catódicos hubiesen dado a la luz mucho antes algunas de los inventos cotidianos que hoy pululan en los domicilios. Sin embargo hasta que su uso social (o su mercado) no estuviese previsto eran fútiles. No es muy frecuente que las críticas a los fallidos procesos de revolución social o a los tibios aspavientos de cierto progresismo reformista trémulo, resalten la importancia de la base social de un movimiento. Por desgracia quienes lo han tenido claro solo han hecho uso de esta verdad a partir de la prebenda primero, y la declinación después, tal es el caso de Perón al asentar su gobierno en la milicia, la iglesia y el movimiento obrero para después despojarlo y cornearlo con sus oscilaciones, tal es el caso (ahora ya como comedia repetida) de Néstor Kirchner con los organismos de derechos humanos, las víctimas del terrorismo de estado y ciertos sectores obreros que le dieron carta abierta y seguramente seguirán respaldándolo aun cuando se mueva entre ambigüedades desopilantes como las que ya se entreven. Los movimientos más utópicos, en cambio, han dejado de lado la revalorización de este concepto y enfrentados al marasmo de lo cotidiano han decidido cultivar el electoralismo rápido, conciso, pragmático y de escaso vuelo. Su destino, el fracaso, en virtud a la veleidosa y penosa imaginación de una revolución social de sus participantes mas ingenuos y de la tibia gestión administrativa transparente del estado de los otros, resulta entonces inevitable.


El único antídoto, nos lo revela esa anécdota de Campo de Mayo con alguna modificación sustentada en la memoria del horror y de la tradición que fundó el movimiento obrero allá a finales del siglo XIX pese a la disolución de hecho de estos sectores. Pero atiendo que la memoria es fundamental, el amarillo, el rojo y el azul de esa bandera que señala el advenimiento de la tercera y última República en España, el candor de los pañuelos en Argentina, las banderas rojas y negras, el fin de la idea de un interés que se superponga al resto en los colectivos, creando dimisiones y absurdas cruzadas personalistas. Convicción la de la base social que deberá restituirse para organizar movimientos duraderos y, sobre todo, verdaderos que se apoyen en un real progresismo, lo que requiere periodos largos y de lucha fatigosa y doliente. Los lapsos temporales necesarios son muy vastos y ante la inminencia de una crisis que se llevara puesto hasta el mejor con una burbuja financiera rota, con los bonos del tesoro norteamericano en poder de China y que resultaran incobrables, el incierto destino de ese equilibrio ente China y Estados Unidos, el avance del nacionalismo mas retrógrado en Europa y la recompuesta beligerancia de la Civilización Occidental cuyo horizonte promete la orquestación de guerras a escala mundial para financiar el déficit y recomponer el poderío imperial o cambiar de signo, las perspectivas de la conformación de esta base social adquiere sacudones de interrogantes. La piedra basa de la memoria y la reivindicación de la República y luego el socialismo es quizás la primer arma en la ingeniería de esa base de consenso y cambio. En España ante el avance impúdico del Partido Popular, en Argentina ante el sainete propiciado por la derecha nucleada en los restos putrefactos de en otros tiempos partidos populares como la UCR y sus anómalos engendros, el Acuerdo Cívico y Social, Gen, Con Fe, ARI y los espectros panperonistas Unión Pro y el Frente, junto con otros tantos que se asumen como peronistas y reniegan de un pasado comunista para no piantar votos y porque valorizaron que el programa mínimo e inmediato es mucho mas urgente (a sus expectativas).


No ha sucedido demasiado en esta noche; declina como la extrañeza de la Dama- del-pueblo- de –las- flores- que- caen que le parecía poco natural que Genghis la amase porque se tenía por muy poco. Hoy como nueve meses atrás me confío a las palabras de Luis Cernuda: Gracias, compañero, gracias/por el ejemplo. / Gracias por que me dicesque el hombre es noble. /Nada importa que tan pocos lo sean: /Uno, uno tan sólo basta como testigo irrefutable/de toda la nobleza humana. Bien habla de la base social y de su potencial para ser multiplicada. El cumplimiento de la Tercera República será solo una anécdota. El cigarrillo se apaga.



domingo, 7 de junio de 2009

Franco también venció a Baltasar Garzón

Un tiempo atras me suscribí a un periodico español, Nueva Tribuna. Una vez mas descubrí algo sin buscarlo como se producen los descubrimientos mas maravillosos de nuestra vida. En sus espejismos digitales, me encontré también con Daniel Serrano y las Cartas al director de Don Rodolfo Serrano.
Sobradas pruebas me ha dado de coincidir con la sonrisa socarrona que exhalan sus artículos (he dejado translucir lo que opino del Partido Popular, ese engendro falangista, en casi todo el blog). Quise, entonces, transcribir este maravilloso sueltito; una orla mas de la simpatía precedente.

¿Cómo escribir el futuro sin reconciliarnos con el ayer? ¿Cómo sacar a la luz pública lo mejor y lo peor de aquellos años si seguimos echándole tierra encima a las fosas comunes de la ignominia? En Chile, ahora mismo, se estarán frotando las manos aquellos que pusieron el grito en el cielo cuando Baltasar Garzón logró detener en Londres a Augusto Pinochet.

La guerra civil española no fue una guerra civil. Al menos, en todos los lugares de España: en buena parte del sur, desde sus primeros días y ante la aplastante y contundente victoria de los golpistas, aquello se convirtió en una deliberada operación de exterminio de todo tipo de heterodoxia. Esas mismas prácticas siguieron a medida que el fascismo y el tradicionalismo español fue arrinconando al ejército que defendía la legitimidad democrática de la Segunda República. Mientras las potencias occidentales se encogían de hombros, se tapaban la nariz y no hacían nada mientras que la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler se entrenaban en la Península Ibérica para lo que después constituiría la Segunda Guerra Mundial. Pero mucho peor que aquella guerra civil que no llegó a ser del todo una guerra civil, fue lo que vino luego: durante la posguerra prosiguieron las ejecuciones sumarias, el robo de niños y su secuestro ilegal, junto con una feroz censura y la práctica cotidiana de torturas y condenas por delitos de opinión, que prosiguieron hasta incluso después de muerto el dictador Francisco Franco en 1975. Estamos hablando de un periodo histórico absolutamente siniestro, en cuyo transcurso se gestó en gran medida el germen de la sociedad que hoy vivimos, en gran medida analfabeta desde el punto de vista político y presa todavía de viejos rencores y con una gana ubérrima de silencio y olvido, todo lo contrario que debería ser la correcta aplicación de la tímida Ley de Memoria Histórica que todos los españoles nos otorgamos durante la anterior legislatura. Resulta algo más que una paradoja que el Tribunal Supremo admita a trámite una denuncia de la organización ultraderechista Manos Limpias contra Baltasar Garzón, que inició diligencias previas para intentar que la Audiencia Nacional enjuiciara a lo que queda de franquismo, justo setenta años después de la victoria de aquel general chusquero. Que los herederos ideológicos de aquel totalitarismo pretenda sentar en el banquillo a un juez demócrata por intentar hacer, aunque fuere, justicia poética es toda una contradicción de la democracia, insólita por lo demás en el escenario europeo. Franco, desde luego, está ganando aquí y ahora su última batalla contra las libertades, como si se hubiera convertido en su admirado Cid Campeador, que salía a pelear incluso después de muerto. Está muy bien que pasemos página, pues eso parece ser lo que quieren los votantes conservadores, cuyos representantes siguen sin querer asumir que la derecha parlamentaria que sueñan no tendría que parecerse en nada con aquella dialéctica de los puños y las pistolas que preconizaba José Antonio Primo de Rivera. Y eso también parece que buscan los responsables socialistas, que entienden que ya se ha hecho lo que ha podido para intentar saldar cuentas con ese espinoso asunto de nuestro turbio y sangriento pasado.

¿Cómo escribir el futuro sin reconciliarnos con el ayer? ¿Cómo sacar a la luz pública lo mejor y lo peor de aquellos años si seguimos echándole tierra encima a las fosas comunes de la ignominia? En Chile, ahora mismo, se estarán frotando las manos aquellos que pusieron el grito en el cielo cuando Baltasar Garzón logró detener en Londres a Augusto Pinochet, devolviéndole aunque fuera por unos días y con la elegancia del estado de derecho la bofetada mortífera que propinó al gobierno legítimo de Salvador Allende, a partir de aquel siniestro 11 de septiembre de 1973. Cuando la justicia española, a partir de las diligencias ordenadas por dicho magistrado, le amargó la vejez a semejante gorila, muchas voces americanas –y no sólo de la derecha-- protestaron, en tanto argumentaban que España encausaba verdugos del cono sur de dicho continente, pero era incapaz de sentar en el banquillo de los acusados a sus propios matarifes. Franco y los suyos, visto lo visto, se saldrán de nuevo de rositas. Y Baltasar Garzón tendrá que perder tiempo en defenderse de los fachas y de algunas togas que quizá sientan más simpatía por las pomporrutas imperiales que por el diablo de los Rolling Stones. El mundo al revés: cualquier día juzgarán a Abel por haberse dejado matar por Caín.

http://www.nuevatribuna.es/noticia.asp?ref=8288

JUAN JOSÉ TÉLLEZ

miércoles, 27 de mayo de 2009

De enamorados y desenamorados

Sigo coleccionando pequeñas orlas de un manantial de maravillas ajenas. Esta vez le toca al ¿periodista? ¿escritor? don Orlando Barone. Ya quisiera yo hablar del amor, de alguna anecdota que languidece pero lo dejo a él ayunando el humo que en estrepitos recorre mis párpados.

Sudar no es tener fiebre. Un ramo de rosas en el día de los enamorados no significa estarlo. El amor reparte a la marchanta. Y es clasista. Por eso hay una clase superior: la de los “enamorados- enamorados”. Es excepcional. Rarísima. Y no sé si queda alguna de la especie. El “enamorado-enamorado” es como encontrar un tigre blanco de ojos a rayas verdes. El único lugar de residencia de esta clase de amor está en el arte y en el sueño, y no en la vida. Lo común y natural son los “enamorados estándar”. Y ya es bastante. Pero los estándar, para no sentirse menos, se agrandan y presumen de pertenecer al amor Premium. En cuanto a la de los “enamorados temerarios” tiende a ir desapareciendo. El amor también se ha aburguesado. Tiene más de derecha que de izquierda. Más de libido de sommier que de lecho de juncos. El amor ya no necesita andar escondiéndose de ningún carcelero. Hasta el adulterio que antes era una aventura aterradora tiene vía libre y encuentra cama en todas partes. Todo se hace al descubierto y al mayoreo. Y hasta aquel amor al voleo, trashumante, que era proverbial en el macho, hoy lo ejercen con igual o más intensidad las hembras. La calentura que bullía en la prohibición ya es nostalgia de novelas antiguas. Pero el amor es generoso.
Por eso que el martirio de San Valentín ha terminado en restó, souvenirs y bombonería. La noticia del enamoramiento sigue teniendo prensa. Como si se tratara siempre de un gran incendio. Incendio al que el futuro irá convirtiendo en fuego controlado. Y después en fueguito, y en llama baja; y paulatinamente en apagado o extinguido. El más frecuente es el amor de llama baja. Será porque es cómodo y permite mantener la cocción del producto sin arrebatarlo. Lo fantástico del amor es que solo los incendiados creen que estarán eternamente encendidos a fuego máximo sin quemarse y sin consumirse. O sin pasarse. Se sabe que el amor pasión permanece dos o tres años. No hay que desalentarse. Porque se refiere a una misma pareja. Y la vida permite variaciones.
Al amor pasión puede continuarle el amor hábito, que es el que más demanda tiene. Hace como veinticuatro siglos los griegos Aristóteles, Hesíodo y Parménides fueron los primeros en sugerir que “el Amor constituye la fuerza que mueve las cosas y las lleva y las mantiene juntas”. Pero en aquel tiempo la vida era cortísima. Y los enamorados se morían antes que el amor muriese. Hoy el amor se aburre de envejecer en los mismos cuartos y conversaciones. De besarse cada día en un mismo beso que languidece. Y por eso de tanto ir mudándose tiene un llavero lleno de llaves. El enamoramiento es un tránsito. Por suerte el “amor” es largo. No tiene fin. Y nosotros solo somos sus portadores efímeros.

lunes, 27 de abril de 2009

El prestigio





Es una asignatura pendiente (¿casi una obsesión?) la arquitectura de un artículo que refiera a la novela de Christopher Priest The Prestige y su ulterior metamorfosis en el film dirigido por Christopher Nolan y protagonizado por Hugh Jackman, Michael Caine y Christian Bale. Presiento que el discurrir de los días algo vislumbrarán de esta inquietud visceral.

Existen varios elementos que a mi juicio atrapan al espectador y al lector, en especial a este que escribe: la morfología y los alcances del duelo entre dos individuos que ciertamente necesitan el uno del otro para satisfacer sus propios y enrevesados anhelos, la obsesión (la reconcentración en el objeto que tan bien denotará Poe en su Berenice) y la prestidigitación como alelada astucia del hombre severamente urbano. Tres vértices de atracción estéticas interesantes, a mi ver. Parejamente me es imposible eludir la preferencia por el segundo pero sospecho que no valdría nada sin la primera premisa. Toda obsesión (o deseo de) debe ser compartida y su consumación en un duelo inclaudicable, es quizá la mejor manera de fabular una historia.

A falta de algo propio, por ahora, reproduzco este soberbio artículo del fabuloso blog La taverna de Pat Cohan, mientras enhebro, una a una, las esperanzas en esa próxima reseña:



"Cuando a finales del siglo XIX el cine empezó su andadura de manos de los hermanos Lumière y de Edison, era un fenómeno de feria, un producto de una era de prodigios tecnológicos... y mágicos.

Básicamente, hoy, más de un siglo después, en otra era de avances tecnológicos, sigue teniendo esa fascinación.Y no sólo por los efectos especiales y las maravillas informáticas, si no también por la capacidad de contar historias enrevesadas, con trucos y trampas variadas, que, sin embargo, sean capaces de concitar la atención del espectador y manejar sus sentimientos y emociones.

El truco final no es sólo un homenaje al mundo de la magia y a una era fascinante, es también un despliegue de pirotecnias tan efectistas y efectivas como los trucos mágicos que presenta.

No habiendo leido la novela en la que se basa la película, ignoro cuánto de este arte de birlibirloque guionístico hay en el material original y qué es cosecha propia de los hermanos Nolan, pero sea cual sea el caso, hay que felicitar a los responsables. Porque el film es tan tramposo como las artes mágicas descritas en el mismo... pero igual de triunfador en su efecto.

Estamos ante una película estructurada como una muñeca rusa, con un flash-back que encierra otro, con un misterio que esconde otro más. Como en los buenos trucos de magia, se muestra casi todo y se dan prácticamente todos los datos. El espectador puede intentar deducir quien está detrás de cada acción, de cada personaje... y hasta puede adivinarlo. Y si no lo hace, en la resolución verá que cada pieza estaba en su sitio.Una segunda lectura de la película estaría en la caracterización, en el enfrentamiento de tintes bíblico entre dos amigos, Hugh Jackman y Christian Bale, que devienen enemigos mortales. Hay mucho de Cain en ese Robert Angier (Jackman), trabajador y carismático, que suple su venganza hacia el antiguo compañero por una envidia que el muy próximo a Abel Alfred Borden (Bale) verá convertida en odio.

Hay un tercer nivel, poco desarrollado pero fundamental en su breve aparición por las pistas que aporta, y es el de las mujeres en la vida de los dos protagonistas.

Si algo se le puede reprochar al guión es que hay hacia el final un giro temático (o más bien de género cinematográfico) que chirría un poco... alguien podría sentirse engañado por este cambio, pero también podríamos decir que estamos ante "el prestigio" definitivo, ese momento que maravilla y sorprende al mismo tiempo. Que cada espectador decida.

En lo que sí se debería estar de acuerdo es en que la reconstrucción de época es excelente, la fotografía soberbía, la interpretación -especialmente Hugh Jackman y Michael Caine- más que eficiente y que el pulso narrativo de Christopher Nolan hace que las más de dos horas de celuloide pasen veloces. Como bien dice Rafael Marín en su bitácora, estamos ante la primera gran película del año. Una demostración más de que la calidad y el cine de gran consumo no tienen por qué estar reñidos."



Para leerla en su contexto original sin la dilación del espantoso exordio:

http://patcohansbar.blogspot.com/2007/01/el-truco-final-el-prestigio.html

viernes, 24 de abril de 2009

Una maravillosa, cruel y casi porteña paradoja






Borges escribió yo suelo regresar eternamente al eterno retorno. Yo puedo asegurarles que eternamente regreso a Casanova. Sea por afinidad estética o afecto, Giovanni logra impregnarme con sus memorias, y gran parte de mi amor por la literatura se la debo a sus historias galantes. Cumplo, dicho sea de paso, con el precepto de Savater quien afirmó que hay autores con los cuales uno se siente más a gusto y puede llegar a profesar amistad, como Camus, aquel que en épocas de tanto fascismo inescrupuloso se manifestó cumplidamente indignado y resuelto a combatirlo desde la trinchera. Camus también era otro magnifico seductor. Murió joven y nos ahorro, como señala Savater, las dimisiones de su vejez.



También me incita a la amistad Lord Byron quien prácticamente acosaba a las mujeres pero ¿qué mujer no querría ser acosada por Byron? se pregunta Paul Johnson, si al cabo de eso se nutre al acto de la seducción. No obstante, Bertrand Russell señala la verdad acerca del persistente y agobiante pesimismo byroniano, tan cercano al del Eclesiastés que no merece ni la atención. Ciertamente, Byron vestía de negro y su talante no deparaba nada bueno. Una crónica refería, quizás con razón, que el gesto de Byron era el de aquel que lleva una carga en su espalda, una culpa, una condena…Quien mira mucho tiempo un abismo corre el peligro de absorber el abismo, de confundirse con él.
Giovanni, no obstante, es laico, completamente laico, aunque también completamente responsable de sus actos y un magnífico enamorado, que lo está, resueltamente y hasta el paroxismo, cuando se declara como tal. Un buen enamorado diría Alejandro Dolina, independientemente de sus negligencias o sus trastadas infantiles cuando se siente herido.


El relato de la historia con la joven Charpillon transcurre cuando este contaba con cuarenta y ocho años a sus espaldas. El eco de Lacán que refiero en las últimas líneas de la compilación de la historia era previsible. No obstante, hace algunos años un hombre, de fina estampa, gris y presumiblemente alto nos adoctrinó a todos los porteños con una verdad esencial. La reproduzco a instancias de mi fallida memoria: “En el amor uno lo pierde todo, no puede manipular, no puede mentir verdaderamente, ni ejecutar vaivenes sentimentales mezquinos con el objeto de herir, pierde el poder de someter al otro; no es capaz de la ironía o el desdén, de calcular los detalles y ejecutarlos, con cierta gracia cruel; no puede evitar el ridículo ni darse el lujo de apostar, no puede engañar con astucia persiguiendo alguna ventaja. Atributos, todos, que le servirían para mitigar la fatuidad o el egoísmo del otro, demostrando a los demás que no se ha perdido a sí mismo, ni se ha aferrado a los detalles insustanciales como naúfrago a la costa del deseo. Lamentablemente cuando el enamorado recupera sus capacidades, cuando puede manipular o herir al otro, cuando es capaz de la ironía y el desprecio, cuando ejecuta sin mas la crueldad y miente, entonces ya no le sirve de nada. No las usa, pues ya no ama” Cuando Casanova encuentra a Charpillon, resigna esas condiciones que él tenía en gran medida, por estar enamorado de la coqueta. Es entonces cuando se ridiculiza y desiste de las armas que le hubiesen servido para desplantar a Charpillon.


La frase, por lo demás, es espléndida en sí misma sin la ilustración del caso. Alude creo yo a una ética. No ignoro que existen personas que aun sin estar previamente enamoradas son capaces de ejercer estas acciones, por la razón que fuere. Es implícita la evaluación de este caso en la sentencia de Alejandro. Pues nótese la paradoja del enamorado: cuando quiere no puede, cuando puede no quiere hacerlo, dando como resultado la imposibilidad factual. Pese a eso, no deja de ser digna de admiración esa instancia en que el sujeto llega incluso a perderse a sí mismo.


Eugenio Trias desde España nos da una pista: la mirada de Isolda cuando descubre los ojos de Tristán, más allá de ser la ejemplificación de la singularidad que define el punto de partida epistemológico del conocimiento, revela ese hecho tan desparejo y difícil de evaluar por los refutadores de leyendas. Manifiesta esa escisión, esa pérdida, ese dejar de ser en que Isolda ya no hiende con la espada la carne del asesino de su hermano. Se olvida de su venganza por los bellos ojos de Tristan.



Es decir, que cuando hubiese querido no puede y cuando puede ya no lo desea…

miércoles, 22 de abril de 2009

Septiembre de 2001


Fue sábado el primer día de aquel septiembre del año 2001. Año convulso, atroz, terrible que tiene hoy un carácter un tanto irreal, excepto por aquel día en particular, diez noches antes de que atestiguáramos la caída de las torres gemelas en Manhattan.
No poseo el temple para ver películas en solitario, necesito compartirlas y son muy pocas las que me han impresionado lo suficiente como para lograr el milagro de estar absorto frente a una pantalla durante dos horas. Sin embargo recuerdo que como todo en mi vida lo que me llevo a verla fue una mujer, fue la sonrisa de Chaja o de Laura Fraser que por suspensión de mi incredulidad se convirtió en aquella joven judía, liberal, como bien se comenta en una reseña, la miel mas dulce de Israel.


El film contaba los avatares de dos familias judías, una heterodoxa de la que proviene Chaja, una bella estudiante universitaria con una franca y despreocupada actitud frente a los convencionalismos de los ortodoxos jasídicos. El padre de Chaja, un tal Silberschmidl interpretado por Maximilian Schell, narra en los primeros fragmentos del film que escapando de los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial, toma sus pertenencias mas queridas, las guarda en dos maletas y las entierra en un subterráneo. Al regresar a Antwerp donde las había enterrado, no logra hallar las maletas y su búsqueda se transforma en una obsesión.


Chaja, por su parte, busca independizarse y un viejo amigo de su padre le consigue un trabajo como niñera en el seno de una familia tradicional judía. Uno de los niños, Simcha, no pronuncia palabra. Su mundo es tan estrecho como las costumbres y los rígidos mandamientos paternos. Muy pronto los hábitos conservadores del padre de Simcha entran gradualmente en conflicto con la conducta de Chaja pero, al mismo tiempo, el vínculo entre ella y Simcha comienza a ser más estrecho, al punto de que la muchacha comprende que, más allá de las palabras, existen otras formas de comunicarse y de expresar amor. Ella afirma que Simcha es su “novio” aunque su verdadero novio la abndona antes de iniciarse la secuencia de acciones.


La relación entre ambos se profundiza y Simcha vocifera, para sorpresa de su madre, la onomatopeya del graznido de un pato, tras una de las tantas visitas al parque junto a Chaja. Una comunión nace entre ellos. Tanto Chaja como Simcha encuentran un amparo en el otro, un bálsamo, una huida. Se diluyen los sombríos convencionalismos, la mirada agazapada y distante.


La esplendorosa voluntad y simpatía de Chaja ganan la quietud mortuoria del pequeño y, a la vez, la fragilidad y la ternura de aquel, incitan el afecto de la niñera. Simcha descubre en su silencio el rostro de Chaja, su infinita sonrisa, sus ojos redondeados y traviesos. Este mismo afecto, paradójicamente o no, determinará la muerte de Simcha quien se ahoga por intentar alcanzar aquellos patos que tanto lo fascinaban en la fuente del parque que a menudo visitaba junto a Chaja. No obstante las desavenencias entre el patriarca judío y Chaja no merman ni siquiera tras la muerte del niño. El hombre sigue iracundo por naturaleza. Pero aun ante el funesto designio de ese desenlace, la madre de Simcha, reconoce el afecto de su hijo por ella e intenta mitigar en Chaja el dolor de la pérdida, absolviéndola de toda culpa.


Hasta aquí el resumen de la trama. No puedo evitar la evocación de los ojos y los modos del personaje de Laura Fraser, ni las confrontaciones con Jeroen Krabbe, la voz de Simcha imitando el graznido de los patos del parque, quizás el momento más brillante del filme, o el hecho tan fortuito y poco común de lograr acaparar mi entera atención.
Hace muy poco releía un reportaje a Roberto Benigni donde afirmaba, al pasar, con esa mirada inquieta y ladeada casi intermitente, que no estaba tan mal empaparse de las cosas que uno ama.


El gusto estético (o amoroso) es ciertamente un misterio. No existe una fórmula para el placer o para determinar aquello que nos incita el hechizo irracional del encanto. Se le pueden atribuir virtudes, inciertas seguramente, y disfrazar sus defectos y negar sus miserias. Las opiniones ajenas nunca cuentan demasiado. Existen grandes probabilidades de que la película que reseño no valga en nada al espectador versado y que las maravillas que le atribuyo sean tan solo íntimas supersticiones. Creo que eso no importa demasiado. La devoción ante la mirada de Simcha, su cara tersa y pálida, sus pómulos rojizos junto a la inclaudicable belleza de la sonrisa de Chaja, el atractivo de la forma y los detalles que hacen al encuentro del uno con el otro, anula cualquier porfiada conjetura. Y aun hoy recuerdo los gestos y la sonrisa de Chaja que asociaría algo después a otros gestos y a otras sonrisas.



El final del film es interesante en sí mismo: Chaja, tras la tragedia de Simcha, empieza a buscar las maletas perdidas por su padre. Aquella obsesión paterna se transforma en su propia obsesión. Ambos intentan recobrar algo de un pasado perdido y añorado, de lo que el tiempo arrebata y nunca devuelve, excepto a través de fantasmagóricas representaciones o indicios. Por desgracia, aquellas maletas también constituyen apenas los retazos de lo que en verdad se intenta recuperar. El carácter irreductible de la ausencia insolventa todo esfuerzo. Y aun así le da un sentido a lo que hemos perdido, lo transmuta en múltiples símbolos, le otorga la inmortalidad de la memoria. Nos devuelve, acaso, un fragmento vivo de lo que fue aquel tiempo, de su gente y su peculiar modo de transformar nuestras vidas.

martes, 21 de abril de 2009

Ecos desde Rupairu

Quería transcribir este lacónico pasaje, sincero, agobiante, publicado por Javier Bergia en su Rupairu.
Los borbotones de una sentencia vociferada por la severidad del tiempo, por el vértigo de los días, nos imponen una pena. Estas líneas, y no otras, agotan acaso mi imaginación y el lejano canto moribundo de un cisne monógamo me advierte que otro invierno ha derrotado antiguos senderos, que una batalla se perdió (¿contra la soledad, Ana?) y acaso otra comienza.

"La distancia es agónica cuando arrecia el mar en el interior del alma. Al amparo de la melancolía, la amargura se transforma sutilmente en éxtasis embriagador. Vuelven a imponer las gaviotas su reclamo desesperado. Al fin concluyo que si eras tu la Musa redentora y confusa, nublada caricia, vaporosa y frágil en desvanecimiento. Gacela inconfundible de noble busto y distinguido cuello, veloz y temerosa que abandono temprano aquel sueño conspicuo. Prudente tus dedos rozaron mi frente de madrugada llevandome al cenit del universo deseado. El tiempo aquel de laureados días de apasionados besos, se hizo añicos por las calles de una ciudad que apenas merece ser nombrada. He de romper la noche para buscarte por quien sabe donde y traerte de nuevo a mi almohada en estas gélidas horas de un Marzo cortante, afilado y maldito. No odio ni guardo rencor, ya es inútil, si acaso te quiero mas que nunca."

martes, 14 de abril de 2009

El cangrejo progresista

¡Das un paso adelante y dos hacia atrás! Sos como los cangrejos, vociferaba mi madre.

Imitar los avatares del cangrejo parece ser por desgracia la practica corriente de todo el progresismo argentino en el que incluyo a la izquierda y los retoños partidarios que, con posiciones menos extremistas o mas parecidas a la UCR de principios de siglo XX, se nutren de un pasado de militancia (y militantes) comunistas.

El observador puede notar fácilmente y sin el rigor de noches interminables de desvelo crónico el carácter de una situación bastante conocida en Argentina aunque contemple diversas variantes. No es un hecho ignorado que las operaciones mediáticas del grupo Clarín en sus divergentes modos, los alelados y patéticos personeros de Radio 10, CN 24, Canal 26 bregan por crear una densidad cada vez más agobiante. Con mayor o menor suerte, la repetición de argumentaciones, ejemplos y constancias, el ataque permanente donde antes el silencio era salud, filtran de alguna forma la imaginación del espectador y el oyente aun si esto es a priori refuerzo de prejuicios. Teniendo en cuenta que la comunicación actual y el carácter de los dispositivos carece de respuesta inmediata del oyente o el espectador esta función se acentúa notablemente. Que Alfonsín fue el gran demócrata por oposición o comparación a los actuales funcionarios y representantes del ejecutivo, que las cifras del dengue oficiales no son las de la ONG, que el INDEC miente, que Moreno prometió pescado mas barato, que el hijo de Alfonsín es igualito a su padre y se lucía con el bastón presidencial, que cobos recita esplendidos versitos, que las listas testimoniales(y con razón) son un disparate, que la hija de Kirchner toma mate amargo en la playa Varese a las cuatro de la madrugada…

Vease que de este abanico la gentil locura de las listas testimoniales nos devuelve al punto de partida, a la inquietud primera. Un plebiscito de la gestión parece ser la única explicación valida (y viable) para el despropósito que supone la estrategia de las listas testimoniales. Pero también parece ser el zarpazo de un naufrago que se aleja de la costa de la aprobación general. No se trata de un bluff o de una simulación sino el jugarse el todo por el todo ante una perspectiva que se avizora poco prometedora. Y he aquí un juego de responsabilidades compartidas, las que competen al oficialismo poco importan porque conocemos su origen y los favores que conceden a los nuevos actores del capital concentrado. Me importan más las del llamado progresismo.

Como los sectores de izquierda también se disgregan por argumentos ridículos sin consolidar una corriente unificada, pero a diferencia del PO o la ¡Izquierda Unida!, la responsabilidad que les compete es aun mayor por el hecho minúsculo y sustancial de sus vinculaciones con el poder ejecutivo y su inexistente vocación de revolución social (hay ejemplos claros de encuentros que no cuestionan el modelo vigente de acumulación capitalista y enfatizan el mejor funcionamiento institucional sin plantear reformas demasiado profundas y de sustancia, con un atroz verticalismo y una reminiscencia radical de los días en que reclamaban el saneamiento del sistema electoral).

El primer atributo denota una irresponsabilidad clara que se sostiene principalmente en la cortedad de miras del progresismo argentino frente a las reacciones conservadoras de derecha. El embate de la derecha argentina es claro ¿Cómo responde el progresismo? Rompiendo vínculos con el ejecutivo, fabulando armados electorales que sin conformar un núcleo unificado y en base al poder y al sustento de la legitimidad popular representada en el actual gobierno entregan su posibilidad de consolidarse cabalmente. Ciertamente un destino podría ser el armado a largo plazo como el pt brasilero con elecciones fallidas como preludio. La única diferencia aquí es el tiempo y los aparatos mediáticos y de publicidad además de la certeza de que argentina conserva los resabios de conservadurismo popular de naturaleza irracional y nefasta de mayor envergadura de América latina. La posibilidad de establecer una alianza con los sectores que hoy ponderan el aparato estatal contra una parte, repito solo una parte de los sectores mas reaccionarios y de capital concentrado del país, a fin de neutralizarlos impidiéndoles toda posibilidad de reacción al no ver plenamente concedidos sus intereses de clase, bastaría para fortalecer los movimientos progresistas y a todo el campo popular para después dar el próximo salto en el interior del aparato estatal o desde un punto de partida menos viciado por la reacción. Y sin embargo (cantaría sabina) su cortedad de miras muy a tono con su adversario le impide ver esta variante y lo encaraman en la aventura electoralista y mansamente reformista. Extingue lazos con el oficialismo, creando las condiciones para que las alianzas de derecha junto con Duhalde, quienes no dudan en mezclar vino con sandía, los ajusticien merecidamente.

La derecha no tiene problemas en unirse para restablecer el orden basado en la regresión y el pantano. El progresismo no tiene problemas en disolverse para sostener ese orden o proponerlo pero con ¡transparencia y ajustes de gestión!

lunes, 13 de abril de 2009

Entre cercos

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia se asocia a las ingenuas impresiones que me forme a mi llegada al barrio de Fátima a unas pocas cuadras del centro de Wilde. Nos habíamos mudado con mis padres y mi hermano durante los primeros días de septiembre o noviembre hace ya unos dieciocho años luego de pasar una temporada en San Justo muy breve y después de vivir en Mataderos cerca de la interminable Alberdi que algunas tardes remontaba hasta Caballito o Flores. Por aquí no había mucho, apenas una calle comercial y un sinfín de terrenos mansos en los que podía ver declinar la tarde con cierta impunidad y desprejuicio. Muy cerca de mi calle, las vías del ferrocarril Roca se extendían entre zanjas y pastizales desprolijos, indómitos, sin recortar que cubrían la llegada al terraplén. Desde la ventana de mi pieza podía ver una explanada de barro sin interrupciones que parecían devorar todo indicio de urbanidad y todo indicio de fronteras.


Solamente las casitas bajas e inclinadas en diagonal me recordaban que aquello no era muy diferente al sitio en que me había criado desde muy pequeño. Todo allí era una fiesta, las excursiones por aquel terreno, perderse y descubrirse merodeando en el bosque conjetural que daba al frente de mi departamento auguraba siempre un desafío o una aventura. Pisábamos ruinas, nos escondíamos en sitios abandonados, nos sentábamos en promontorios y perdíamos el tiempo sin remilgos. La convivencia entre las torres de edificios era verdaderamente orgiástica. Se iba y se venia casi con impudicia. Y de allí hasta el campito con los arcos y hasta el club. Me recuerdo perdido después de que mi padre me dejara en la puerta del almacén mientras hablaba con algún vecino. Ubico los lugares desiertos que esas extensiones sugerían con tanta esplendidez, la promesa de lo inacabado, incorpóreo. Algo de eso se modificó para siempre el día en que los consorcios decidieron amurallarnos y separar los complejos, lo cual era bastante previsible. A partir de entonces cada espacio está destinado para cada cual y solo la gracia o el favor ajeno le permite al forastero visitar las inmediaciones de los edificios, sean o no propietarios del complejo vecino. Ciertamente la muralla que pusieron sirvió únicamente como manifestación de un ordenamiento social, una manera peculiar de demarcar los espacios, ya que nunca sirvió a los fines que supuestamente se le atribuyeron a los muros y rejas. Visitantes extraños y de mala monta aun hay; el cerramiento ni siquiera los ha ruborizado. Si se realiza un registro de los robos a automotores se advertirá que han crecido notablemente desde entonces, habilitando formas muy graciosas de perpetración del hurto, verdaderamente ingeniosas en ciertos casos. Eso sí han aumentado la cotización de porciones de terreno a partir de la valoración de las cocheras que se han otorgado a los propietarios, ha creado gastos de mantenimiento y cubrieron las expectativas de herreros, pintores y jardineros y de cierta tradición.


Otra muralla, la china, fue construida parcialmente por grupos de trabajadores que confeccionaban diez metros de muralla por tramo. Al finalizar se unían a otro grupo que hacía lo mismo en sentido contrario. Finalizada la empresa los sobrevivientes festejaban un rato y eran trasladados a otra región del imperio que los hacía olvidar inmediatamente su alegría. La justificación de la muralla era la de siempre, la defensa del imperio ante la invasión de los pueblos bárbaros del norte y el oeste y, como es habitual, nunca convenció a casi nadie. Los constructores de la muralla eran condenados a muerte en el sentido literal o metafórico de la frase; se los sacrificaba, se los tenía como varilla que acomoda las brazas del emperador chino. Ciertamente la muralla era un oropel del imperio, una manifestación ideológica de la supremacía imperial, porque, si bien se argumentaba como protección de los dominios del imperio ¿qué clase de seguridad podía dar un cordón de piedras que se interrumpía por largos tramos y cuya extensión hacía imposible establecer un control unificado de la frontera? En definitiva una completa porquería que hoy es un monumento atroz e inservible. Recorrido por turistas que se admiran casi por contagio o apariencia, se ignora su infausta historia por completo.


Otra muralla ha querido improvisar en San Isidro el intendente Gustavo Posse, Sin chinos ni lugareños del conurbano sur. Intentando escuchar los fundamentos de la instalación de ese muro uno comprueba los matices de la estupidez, rememora ciertas personalidades y sus infinitas contradicciones. Es preciso, no obstante, poner en claro que hasta los argumentos que sostienen la necesidad de ese muro son inverosímiles. Yo no creo que nadie pueda darles verdadero crédito o, si lo alguien lo hace, resulta de la impiadosa derivación de una posición teórica cuyos límites son bastante claros. Sin embargo no hay argumentación que, por la razón o la incoherencia, sea capaz de neutralizar en algo el sentido nefasto de ese muro.


Ignoro si la historia es progresiva y tiene sus retrocesos, si sus intermitencias no detienen la dinámica general de la progresión o si toda novedad es ficticia. Soy simpatizante de lo primero aunque en horas en declive, lo segundo hiera insistentemente mi imaginación. El muro de San Isidro no es sino la manifestación de oxidados trazos de vergüenzas no completamente inoculadas por el paso del tiempo. Quizá a algunos esto les sugiera que los errores cíclicamente retornan y que la condición del hombre adolece de la infeliz tendencia de retroceder sobre sí misma. Me permito disentir: la memoria no es tan frágil y la sombra de los escarnios del ayer impiden pasar por alto nuevas desgracias de la sensatez.

viernes, 10 de abril de 2009

Disquisiciones


I

Hacer público lo íntimo es un acto del lenguaje. Lo verdaderamente fantástico es que entre la literatura y el universo y, en particular, los pormenores de este mundo, como bien afirma Guillermo Martínez, existe un puente construido con el procedimiento de la lógica del arte de la magia:presentar un objeto ordinario, sólido y aplicarle un efecto extraordinario que lo transmuta.

En verdad, todo acto de magia consta de unas tres partes: la preparación en la cual se presenta el objeto, el giro la aplicación cabal de la transmutación o alteración a nivel fenomenológico y el prestigio, último acto en el cual se corrobora la magnificencia del cambio o recomposición del objeto.

Por consecuencia del principio de razón sabemos que toda causa esta precedida de otras que regresivamente se multiplican. Es un fundamento básico de la física newtoniana que a toda acción sigue una reacción de igual intensidad y sentido contrario. Ahora, el procedimiento mágico anula esta propiedad al ojo de los espectadores. El mundo con su sucesión se desvanece porque al efecto lógico de una causa verificado por una conjunción proveniente del conocimiento basado en la experiencia y la tradición, acontece otra cosa: Tomar un elemento inmediato, cotidiano, común para que manifieste unas propiedades inesperadas.

Ahora bien, no es este el tipo de ilusión que yo quiero resaltar. Personalmente me agradan más los quehaceres que implican que a determinadas acciones no le sigan los efectos apropiados, lo que comportaría el hecho más inobjetable del deseo humano, la distorsión sucesiva. Por ejemplo: supongamos que hay un reloj sobre una mesa que se exhibe y luego se cubre con un pañuelo. El ilusionista agita un mazo impactándolo de lleno sobre el artefacto que debería ceder y quedar despedazado. De hecho se siente el crujir y las piezas discurrir sobre la mesa. Tal cosa no acontece; el reloj está intacto al ser descubierto, luego de retirar el pañuelo. Si se analiza correctamente se advertirá que no existe la posibilidad ínfima de que esto efectivamente sea así; la consecuencia lógica de la ruptura del reloj acontece de forma velada y el velo interpuesto también contiene procedimientos cotidianos rutinarios e inmediatos. Nada ha cambiado. Una interposición entre lo real y lo imaginado por el asistente funciona a nivel perceptivo cubriendo las indeclinables funciones de la sucesión. Se oculta lo que es intuido como hecho siguiente y que, efectivamente, ocurre dando paso a la invariación del objeto temporal y el principio causal. La fuerza aplicada ha roto el reloj aunque este persiste en su forma inicial. Función que representa la característica del imago. Y si esto es así, la ilusión es tan esplendida que vale la pena ser engañado. La habilidad o la ética del mago radica precisamente en no manipular o esperar nada del engaño excepto la querencia del público, sin mas condicionamientos mundanos. Inexistente la manipulación o la búsqueda de un interés, el montaje es guíado por el misterio del afecto, de la impresión en la memoria ajena, inclaudicable y desinteresada. En esta clase de ilusión el poder es enteramente socavado; ni el mago tiene mas ambición que el aprecio, ni el publico mayor gozo que la demostración de la falibilidad de la física y el tiempo (hecho que implica también una correspondencia sentimental).
El dueño del reloj brevemente destruido no exalta sin mas que el objeto pueda ser usado nuevamente o el conseguirlo tras la desgracia, sino la ilusión en sí misma. Esa es su recompensa, sea cual fuere el objeto. Jamás impera el cinismo al que nos hemos acostumbrado ya por obra de la desgracia y el desdén ajeno
Ante el mundo de lo real que se desvela continuamente en un cúmulo de miradas, de intenciones solapadas, de la ausencia de lo extraordinario, yo busco ser engañado. Intuyo que, en alguna parte, un mago y un público se buscan mutuamente, compartiendo la esperanza por la quimera sin condiciones (sin confundir, con sentido de macabro burgués, diría Wimpy o hubiera querido decir, una ilusión con un pagaré), sin aguardar nada a cambio mas que la memoria y el gesto amoroso del otro.


II

Dos de los modos fundamentales del eterno regreso el platónico u astrológico y el de Niezteche dictan una curiosa analogía con el estudio cosmológico. Una de las conclusiones mas relevantes en materia de la dinámica del universo actual y su carácter proceden desde la ponderación de que el estudio de las partículas elementales la porción mas ínfima del universo dan lugar al desarrollo del modelo cosmológico. Veamos los antecedentes: la dinámica de las partículas fundamentales los dos componentes básicos del universo el hidrogeno y el helio se obtienen tras la nucleosíntesis primordial fue descripta por Bethe, Gamow y Alpher. Básicamente se plantea que tras un periodo de tiempo en que la densidad y la temperatura disminuyen las velocidades de colisión entre protones y neutrones permiten que tras la colisión no se destruyan entre si y puedan unirse en un núcleo estable. La carga resultante atrae a los electrones dispersos y el átomo se conforma en virtud de las propiedades de la materia. Esta conclusión que permite explicar la abundancia de helio e hidrogeno, en los periodos iniciales establece un límite hasta la síntesis del carbono, más allá los elementos más pesados y cotidianos en la tierra eran inconcebibles desde la lógica de la nucleosintesis. Fue finalmente el refutado Frank Hoyle conceptualista del Estado Estacionario, quien les dio la respuesta. Los materiales pesados de ordinaria existencia en la tierra fueron producidos en el interior de las estrellas, incluso nuestro cuerpo, nace desde la profundidad de aquellos primigenios astros. El proceso de combustión de las estrellas manufacturó los átomos a partir de reacciones de fusión.
El correcto e irreprochable registro con que se describe las interacciones a pequeña escala son en buen medida la formula de las especificaciones a grado universal. Infinitesimales porciones del cosmos y su interacción emiten un dictamen acerca del funcionamiento a mayor escala. Creo recordar que para Cantor, reseñado por Borges, un metro de universo equivalía, exactamente, a seis millones de kilómetros por la tesis del antecesor de los números quebrados. Si conjeturamos esto como verosímil suponemos luego que la equivalencia cuantitativa se traslada a equivalencia cualitativa y una porción de un metro posee las mismas propiedades que aquellos seis millones de kilómetros.
En el eterno retorno, el modelo astrológico implica que equilibradas las diversas de los siete planetas estos volverán al punto inicial de partida. Con cada revolución se completa el año perfecto. Esta visión microcósmica del regreso es compatible en buena medida con el modo nietzscheano que habla de fuerzas o la de Lebon de átomos. Las dos plantean un período, unas cuantas posiciones combinadas y una vuelta al inicio de la combinatoria. Tanto a escala planetaria como al de las partículas elementales. El grado de intuición de que estos dos términos, el mayor y el menor están íntimamente asociados por identidad o analogía es casi siempre eso, solo una conjetura bastante plausible.
Hace un tiempo olvide que los actos de los hombres también están atravesados por dos coordenadas la individual y la social. Instantáneamente, es fácil deducir que las dos son una y conforman la respuesta a una estructura material dada. Tanto el acto individual como el social son asentimientos a lo que las condiciones materiales prefiguran.
En última instancia descubrí algo realmente nefasto. Me lo reveló una tarde alguien que enrostraba gran parte de sus propias limitaciones y defectos a otra persona (su espejo, tal vez). Lo individual, y las miserias circunscriptas a ello (mas aun si manifiestan deseo de cambio, sin sublimar primeramente su propia existencia y sus propias conductas), son la sintética réplica de un cuerpo social mas vasto y complejo, pero no autónomo de sus componentes.

martes, 17 de marzo de 2009

Hace aproximadamente un año yo deambulaba por los pasillos de la Escuela de Mecánica de la Armada, devenida en el espacio de la memoria, buscando los restos de un pasado conjetural. Se sucedían en mi memoria rostros de fuego y mi pecho constreñido por un vacío que nada traía advertía en esos espacios formas, estelas, lágrimas e incienso, un aroma de vientre y el candor de los helechos que alguna vez atestiguaron mi infancia en ciertas regiones del oeste del conurbano.
Caminaba sonámbulo entre las sombras de un documental proyectado o las siluetas que sugerían la oscuridad; caminaba tratando de incitar el preludio de cierta imaginación que después sería imprecisa. Como siempre me sucede, me fue imposible referir algo de aquello hasta mucho después y no sin referencias ajenas.
Acabé en Plaza de Mayo observando otro crepúsculo que a mi memoria no será igual que los otros tantos que son uno y el mismo. Conjeturé, melancólicamente, que lo inminente es quizás el hecho estético más relevante, que no escribimos acerca de otra cosa. Posteriormente supe que ese ejercicio en que se descubre lo que alguna vez llegará, nos remite a esa idea. El trabajo, entonces, ya está hecho. Su correlato material es solo ardua cuestión del transcurso ambiguo e indeclinable de la sucesión



A la generación del setenta

“Hay una dignidad que el
vencedor nunca conocerá”



Viejos entredichos, entreveros interminables (circunstanciales o voluntarios), claudican a la sombra de la epopeya, magnificente y perspicua, de Buenos Aires al sur. Diré con timorata precaución que estas calles guarecen la sombra mítica y que, tras las lentas filas de lánguidos adoquines, filtrados en el barro indómito, la humedad ya no es humedad y el tiempo superfluo de la pampa, de los alambrados importados, de la huella, discurre incesante sin temor de olvido.


Hará treinta años la generación que no fue le generación de mis padres, ni la de los padres de mis padres, sino de prodigios insomnes, de espectros no vanos, imbuidos por una eternidad imparcial, celebraron el cíclico espectáculo de la rebeldía. En ese halito compartido, nuestro país alcanzo acaso la gloria de su historia, o germen de historia; gloria escamoteada por los avatares oligárquicos desde la trenza de mil ochocientos noventa, condensada luego por la restauración del treinta. ¿Qué decir a esa generación violentamente desalojada de los eventos sucesivos? ¿Qué prometerle? Todo ditirambo es de por si una afrenta, por su carácter accesorio y meramente simbólico. Sin embargo yo, con módico terror, por obra de escaso ingenio, la emprendo, ya solitario y perdido.


No caeré en el error, no poco frecuente, de asociar su gesta a la impronta de un momento ya conjetural para la intelección, pues la demarcación temporal de los hechos es abstracción clasificatoria, ni siquiera en el harto enlodado juicio de los apologistas de turno, que nada implican con sus actos a las convicciones registradas por su voz. Básteme emitir una breve sentencia (sentencia de hombre universal, muy ajeno de sí mismo y a su tiempo), evitando hurtar el contenido del movimiento popular fragmentario, impreciso y, a la vez, impostergable para la conciencia, flagrante para el testigo. Ignorar estas verdades equivaldría a omitir voluntariamente la vasta repetición de aquellos, bajo otros nombres, bajo otras constricciones.


Me atrevo primeramente a afirmar que ellos no arrumbaron el pasado como nosotros. Mi pestilente generación reniega de su pasado: con cierta sorna desdeña el necesario eslabón de los instantes y se asume en un mundo filtrado por instancias demasiado ajenas a lo inmediato de su consecución en el transcurso vital. Tampoco consideraron fetiche o anodina la idea de los primeros partidarios de la utopía y resistieron el embate incomprensible de la enajenación sistemática por parte del estado, la destrucción del sistema productivo, la adaptación a un modelo indeclinable de predominancia política. Cabe decir que los rasgos de la resistencia son siempre nobles. No existen movimientos de resistencia que no estén vinculados a la noción de cierta innegable dignidad del guerrero que aplaca la furibunda ofensiva de su enemigo.


Los antiguos egipcios, por obra conquistadores, pagaron con creces el precio de ser los continuos generadores de la resistencia, con la perdida de su propia dinámica cultural, la imagen desdibujada del conquistador y el dominio. La epopeya de Constantinopla vindica los esfuerzos de los amurallados cristianos frente a los turcos y nos lega la imagen del presagio en cierta luna menguante (señal de caída, de ocaso imperial). Ciertamente una de las objeciones más directas a este razonamiento sea la muñida creencia de que las resistencias no adolecen de otro destino que la derrota, pues de estar en condiciones de acechar un golpe mortal, seria ataque. A esto cabe responder que cuántas resistencias han tomado el incomodo disfraz del ataque y cuantas también han trocado este derecho legitimo a poner coto al avallasamiento de la vida por los despropósitos que iniciaron el impulso de toda resistencia.
La generación de hace tres décadas fue el presagio de la luna menguante, su signo opuesto. De las cenizas del imperio de Constantino, renació el cristianismo ortodoxo (y poco cristiano)
¿Quien nos niega que a la vuelta de las generaciones esa particular urdimbre de la caída y la perpetuación, sinónima ya del iluminismo no es también la forma de una Argentina que perdimos y recuperamos a un mismo tiempo?
Que las vindicaciones son hipócritas y vacías, se acepta como curso natural de una derrota profundísima tras un golpe artero.


No obstante, la conjetura de un refucilo no anónimo, intelegido por la conciencia no esquematizada por los tiempos pasados y venideros, hiere la conciencia de mi generación, absorta por ahora en si misma y, conciente de la conciencia reticente, inmersa en la oscuridad de las eras.
Somos medias luces compartidas buscándonos mutuamente. Los encuentros en espacios finitos registran el tiempo que insume la cobertura total del territorio.

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