Mostrando entradas con la etiqueta Versos de terceros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Versos de terceros. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2009

Dime

Hace unos días exaltado por recuerdos no demasiado lejanos, por la desaparición de un uruguayo entrañable, por los homenajes orilleros, me encontré por casualidad con este poema breve. Recordé otro que también me gusta mucho del mismo autor: Ausencia y el recuerdo me deriva en Mara, una vez más.
Ausencia admitió unas breves consideraciones en algún momento que creí pertinentes; Dime, por el contrario, no las precisas.
Cada vocablo, cada verso ultima ese aire aquietado en el vértice del pulmón herido, temblando a la sombra de las esquinas, presagiando y fumando. Al anotarlo se me viene la imagen, a media luz, de un hombre hablando en correcto alemán a la vera de la mesa de un bar y mis ojos repletos de lágrimas en un lugar remoto del cuarto, atestiguando los restos de una escena en fotograma cuyo calor, cuya fuerza, jamás volveré a tocar.

Dime por favor donde no estás
en qué lugar puedo no ser tu ausencia
dónde puedo vivir sin recordarte,
y dónde recordar, sin que me duela.

Dime por favor en que vacío,
no está tu sombra llenando los centros;
dónde mi soledad es ella misma,
y no el sentir que tú te encuentras lejos.

Dime por favor por qué camino,
podré yo caminar, sin ser tu huella;
dónde podré correr no por buscarte,
y dónde descanzar de mi tristeza.

Dime por favor cuál es la noche,
que no tiene el color de tu mirada;
cuál es el sol, que tiene luz tan solo,
y no la sensación de que me llamas.

Dime por favor donde hay un mar,
que no susurre a mis oídos tus palabras.

Dime por favor en qué rincón,
nadie podrá ver mi tristeza;
dime cuál es el hueco de mi almohada,
que no tiene apoyada tu cabeza.

Dime por favor cuál es la noche,
en que vendrás, para velar tu sueño;
que no puedo vivir, porque te extraño;
y que no puedo morir, porque te quiero.

Jorge Luis Borges

lunes, 11 de mayo de 2009

Nueces

Quería reproducir alguna de estas estrofas cuyas dos voces a duo marcan la acompasada cadencia de un recuerdo. La estación es la clave mágica del relato. Todo tren de ida admite uno de regreso; entre el vaho y la niebla persistente que oculta los rieles, se nos invita a imaginar que habrá más allá. Aunque mas bien, ahora que lo pienso, nos invita a construirlo.


Él era solo un niño,
de trenes sin destino,
buscaba su camino
y de repente algo
cambió su vida en la estación.
Allí estaba ella,
única con pulseras,
con flores en el pelo
y la sonrisa comiéndole
la cara con algodón.

Cuántos días, cuántos meses,
cuántos años, esperando que la vida
lave todo el desengaño.
Cuántos días, cuántas nueces,
veinte años, separados no lograron
apagar ese amor, ese amor... ese amor

Pero llegaron tiempos,
oscuros y violentos,
en que toda la vida
era un callejón que no tenía salidas,
solo desolación.
Ella partió de prisa, voló como una brisa,
huyendo de esos días y él lo comprendió.
Porque estalló en pedazos su corazón.

Cuantos días, cuantos meses,
cuantos años, esperando que la vida,
lave todo el desengaño.
Cuantos días cuantas nueces
20 años separados no lograron
apagar ese amor ese amor.

Pero un día se encontraron
como trenes de ida
y vuelta en el andén
se besaron, se besaron
y todo empezó de nuevo otra vez.

Cuantos días, cuantos meses,
cuantos años, esperando que la vida
lave todo el desengaño.
Cuantos días, cuantas nueces 20 años,
separados no lograron apagar
ese amor ese amor... ese amor.

domingo, 12 de abril de 2009

TE VAS

Quiero recordar si alguna vez hubo principio sin fin, algun perdido ocaso de diciembre en que el tiempo se detuvo a orillas de la mesa de un bar. Si las cortinas se cerraban y un coro inmemorial cubría las aceras de nostalgias. Si los ojos se buscaban y éramos como cíclopes con tu miel en mis párpados. Si la soledad era un mal inoculado por viejas heridas. Si huías de naufragios a plena luz, con tus mejillas inclinadas sobre mis palmas y tus ojos redondeados y filosos cerrandose tenues, acompasados, proféticos. Si el sueño se confundía con el sol cargado de la mañana insomne. Si perdías la calma y renacía un destello de vida. Si los caminos no arrastraban presagios, ni desdenes que te inmovilizaban al borde del camino. Si los sueños cubrían con llamas el pecho y un hombre sonreía tras tus huellas. Si al fin el mundo renunciaba a sus horrores, a su calma impoluta, a sus ríos, al otoño y su montaje, al cristal de las noches muertas. Si el abrazo que impidió el erizo de tu piel aun pendula en algun cuarto de hotel. Si una pareja subía los peldaños en dos correteando mas alla de la boca del subte. Si procuró el alba un perfume anclado en la memoria de la boca y su saliva. Si alguien cruzó Chinvat con los pies desnudos. Si tu pelo enredaba mi aire y las luciérnagas desfallecían entre cenizas de humo. Si la calma y el control se perdían, si el invierno regresaba. Si volvías a Ítaca o un paraíso se incendiaba...


Te vas, a la ciudad definitiva, sin mí
Perdonarás que no te vaya a despedir
La noche corta como un cristal roto
Y tú, estarás tan triste como hermosa
Tu luz quemó mis naves cargadas de incertidumbre
Y el corazón que sobre tu mesa yo puse
Para cenar la noche en que nos dispusimos a saltar
de la mano al precipicio.
Y yo, procuraré sonreír más a menudo
Y acostarme a una hora prudente
Tú me enseñaste que afuera siempre
me está esperando una nueva mañana
Como aquella nuestra radiante y soleada
Te vas, a la ciudad definitiva
Y en Madrid quedamos huérfanos y enfermos
Te vas a reír, pero pregunto cada noche
A los fantasmas que habitan mis bares cuándo vuelves a casa
Los días caen lentos como el polen de un árbol
Cubriendo todo mi jardín de desencanto
Un sucedáneo de la vida, será el fin
El tiempo que he de recorrer sin ti.
Y yo, procuraré no suspirar tan a menudo
Y acostarme a una hora prudente
Yo sé que afuera inevitablemente
Me está esperando una nueva mañana
Lo prometiste, radiante y soleada
Y tú, procurarás cumplir con lo que has prometido
Ser fuerte y devorar la manzana
Has de pensar cada nueva mañana
Que un tipo a menudo piensa en ti y sonríe
Aunque quizás no sean sus días más felices
Y yo, procuraré mantener la luz encendida
Por si se te ocurre volver de repente
Alumbrará este recuerdo incandescente
El camino de vuelta
Aquel que trazaron antes
Viejos fugitivos, nuevos amantes.

Ismael Serrano

martes, 17 de marzo de 2009

Hace aproximadamente un año yo deambulaba por los pasillos de la Escuela de Mecánica de la Armada, devenida en el espacio de la memoria, buscando los restos de un pasado conjetural. Se sucedían en mi memoria rostros de fuego y mi pecho constreñido por un vacío que nada traía advertía en esos espacios formas, estelas, lágrimas e incienso, un aroma de vientre y el candor de los helechos que alguna vez atestiguaron mi infancia en ciertas regiones del oeste del conurbano.
Caminaba sonámbulo entre las sombras de un documental proyectado o las siluetas que sugerían la oscuridad; caminaba tratando de incitar el preludio de cierta imaginación que después sería imprecisa. Como siempre me sucede, me fue imposible referir algo de aquello hasta mucho después y no sin referencias ajenas.
Acabé en Plaza de Mayo observando otro crepúsculo que a mi memoria no será igual que los otros tantos que son uno y el mismo. Conjeturé, melancólicamente, que lo inminente es quizás el hecho estético más relevante, que no escribimos acerca de otra cosa. Posteriormente supe que ese ejercicio en que se descubre lo que alguna vez llegará, nos remite a esa idea. El trabajo, entonces, ya está hecho. Su correlato material es solo ardua cuestión del transcurso ambiguo e indeclinable de la sucesión



A la generación del setenta

“Hay una dignidad que el
vencedor nunca conocerá”



Viejos entredichos, entreveros interminables (circunstanciales o voluntarios), claudican a la sombra de la epopeya, magnificente y perspicua, de Buenos Aires al sur. Diré con timorata precaución que estas calles guarecen la sombra mítica y que, tras las lentas filas de lánguidos adoquines, filtrados en el barro indómito, la humedad ya no es humedad y el tiempo superfluo de la pampa, de los alambrados importados, de la huella, discurre incesante sin temor de olvido.


Hará treinta años la generación que no fue le generación de mis padres, ni la de los padres de mis padres, sino de prodigios insomnes, de espectros no vanos, imbuidos por una eternidad imparcial, celebraron el cíclico espectáculo de la rebeldía. En ese halito compartido, nuestro país alcanzo acaso la gloria de su historia, o germen de historia; gloria escamoteada por los avatares oligárquicos desde la trenza de mil ochocientos noventa, condensada luego por la restauración del treinta. ¿Qué decir a esa generación violentamente desalojada de los eventos sucesivos? ¿Qué prometerle? Todo ditirambo es de por si una afrenta, por su carácter accesorio y meramente simbólico. Sin embargo yo, con módico terror, por obra de escaso ingenio, la emprendo, ya solitario y perdido.


No caeré en el error, no poco frecuente, de asociar su gesta a la impronta de un momento ya conjetural para la intelección, pues la demarcación temporal de los hechos es abstracción clasificatoria, ni siquiera en el harto enlodado juicio de los apologistas de turno, que nada implican con sus actos a las convicciones registradas por su voz. Básteme emitir una breve sentencia (sentencia de hombre universal, muy ajeno de sí mismo y a su tiempo), evitando hurtar el contenido del movimiento popular fragmentario, impreciso y, a la vez, impostergable para la conciencia, flagrante para el testigo. Ignorar estas verdades equivaldría a omitir voluntariamente la vasta repetición de aquellos, bajo otros nombres, bajo otras constricciones.


Me atrevo primeramente a afirmar que ellos no arrumbaron el pasado como nosotros. Mi pestilente generación reniega de su pasado: con cierta sorna desdeña el necesario eslabón de los instantes y se asume en un mundo filtrado por instancias demasiado ajenas a lo inmediato de su consecución en el transcurso vital. Tampoco consideraron fetiche o anodina la idea de los primeros partidarios de la utopía y resistieron el embate incomprensible de la enajenación sistemática por parte del estado, la destrucción del sistema productivo, la adaptación a un modelo indeclinable de predominancia política. Cabe decir que los rasgos de la resistencia son siempre nobles. No existen movimientos de resistencia que no estén vinculados a la noción de cierta innegable dignidad del guerrero que aplaca la furibunda ofensiva de su enemigo.


Los antiguos egipcios, por obra conquistadores, pagaron con creces el precio de ser los continuos generadores de la resistencia, con la perdida de su propia dinámica cultural, la imagen desdibujada del conquistador y el dominio. La epopeya de Constantinopla vindica los esfuerzos de los amurallados cristianos frente a los turcos y nos lega la imagen del presagio en cierta luna menguante (señal de caída, de ocaso imperial). Ciertamente una de las objeciones más directas a este razonamiento sea la muñida creencia de que las resistencias no adolecen de otro destino que la derrota, pues de estar en condiciones de acechar un golpe mortal, seria ataque. A esto cabe responder que cuántas resistencias han tomado el incomodo disfraz del ataque y cuantas también han trocado este derecho legitimo a poner coto al avallasamiento de la vida por los despropósitos que iniciaron el impulso de toda resistencia.
La generación de hace tres décadas fue el presagio de la luna menguante, su signo opuesto. De las cenizas del imperio de Constantino, renació el cristianismo ortodoxo (y poco cristiano)
¿Quien nos niega que a la vuelta de las generaciones esa particular urdimbre de la caída y la perpetuación, sinónima ya del iluminismo no es también la forma de una Argentina que perdimos y recuperamos a un mismo tiempo?
Que las vindicaciones son hipócritas y vacías, se acepta como curso natural de una derrota profundísima tras un golpe artero.


No obstante, la conjetura de un refucilo no anónimo, intelegido por la conciencia no esquematizada por los tiempos pasados y venideros, hiere la conciencia de mi generación, absorta por ahora en si misma y, conciente de la conciencia reticente, inmersa en la oscuridad de las eras.
Somos medias luces compartidas buscándonos mutuamente. Los encuentros en espacios finitos registran el tiempo que insume la cobertura total del territorio.

Nuestros visitantes

Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis