miércoles, 2 de julio de 2008

Walking Around
Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejosque debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
Pablo Neruda


martes, 1 de julio de 2008

"Mis manos y estas calles..."

“Mis manos y estas calles son láminas de hielo”
No te busco, tampoco te encuentro.

Las luces contra la acera
parten el firmamento azul
y los resabios de un paraíso perdido
se sientan a mi lado en el colectivo.

Camino errabundo por las calles,
ligeramente insomnes en la vigilia,
melodía casual de vahos y promesas.
y los titulares de los periódicos me aterran
y las sombras aparecen troqueladas
Y los relojes se sacian por el rocío
Titilante de la bruma de mis noches.

Siento el rumor de un roce
Que me recuerda a tí,
Ojos que relampaguean
Preanunciando los males
De un carmín anodino,
En que la primavera asumía la forma
Del desierto impávido de Assuan
Y no había descubrimiento ni confesiones,
Solo una indolente sonrisa
Socavando las esquirlas del sueño y la muerte.

Tiemblo ahora al mirarla en el colectivo,
Con la certitud de cifrarte en ella
De no poder besarla,
Por estar loco a la vera de un naufragio invisible.

Baja en la próxima parada
y la mía aun está lejos...

y La sucesión presagia un paraje
y la aurora, desdén.
y los murmullos, voces de despedidas
enlutando la calle principal,
las lunas, los bares,
la corriente de la brisa helada
ante la sombra y los charcos
frente a casas desconocidas y antaño grises

No sé si existe o existió alguna vez
ese paramo,
si se perdió o se ganó...
Intento conjeturar qué poste lo anunciará,
Inequívocamente.

domingo, 29 de junio de 2008

LADRONES DE NIÑOS


Recuerdo una casa como cualquier otra casa

en una calle como cualquier otra calle,

en un barrio como cualquier otro barrio

y a pesar de todos estos años

no puedo evitar sentirme... Maravillado


De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de algo terrible: nuestra generación y la precedente se han empeñado en robar infancias. No metafóricamente sino de manera concreta. Se ufanan en hacer desaparecer a los niños, les arrebatan la calma del tiempo transcurrido con indolencia y los sumen en el vértigo que los mayores ya conocemos y despreciamos. La delicia de esas tardes en el barro del campito azul donde la lógica era abolida por la fugacidad y el asombro, los charcos entre los que chapotebamos, la travesías doblando esquinas y refugiándonos en la pared ante el paso de un carro, se diluyen en el mero énfasis que el recuerdo infiere en la anecdota emocional. Van perdiéndose en la bruma de la sucesión incontrolada, pasmódica, herrumbrosa. Y las horas discurren entre estertores y todo parece efímero y circunstancial, sin valor tangible porque tampoco nosotros adolecemos de identidad ni de la promesa de perduración en los tiempos venideros.

Un niño desaparecido equivale a un joven eterno. Esa es la premisa actual. Una vez superada la suscinta infancia, el mancebo es ya un muchacho con obligaciones indeclinables de consumo, y ese intachable deber se prolonga por la mayor cantidad de años que el mercado y las derivaciones sociales lo permiten. Así hasta llegar la otra esquina de la vida: la vejez. Pero ante el vertigo ¿qué vejez nos espera? Ismael Serrano expresó que su deseo era envejecer a la manera de los músicos de jazz, con su calma, su sabiduría...

Alejandro Dolina sugirío que el destino prolífico del hombre es el de afrontar los años convirtiéndose en una mejor persona, aprendiendo y buscando denodamente el conocimiento que le permitan afrontar dignamente el paso del tiempo. El mayor riesgo de esa celeridad que les imponemos a las generaciones mas recientes es la de anular esa inherente calma de la sabiduría, a envenenarlos con el vacío de ruido estridente e inicuo, a la movilidad incesante para no llegar a ningun lado, nunca.

De pequeño yo adoraba las siestas; no dormía verdaderamente, fingía tal proposito pero no dormía, me arrimaba a la cama para oir las historias de provincia de mi abuelo. En las alas de su voz he cruzado los cielos de Misiones, he lanzado al barro los zapatos de un chico cuya cara solo prefiguro y me cai repetidas veces del caballo luego de perderme en bosques frondosos, impenetrables...

Me encantaba patear en los campitos enfrente mi casa y decifrar a oídas el misterio de las dos Marielas, amigas del mismo nombre que compartíamos con mi mejor amigo de los primeros años. O dormir en su casa y descollarnos de la risa en el comedor del departamento por tonteras, a la sola mención de una obscenidad o de palabras sin sentido, contagiado el uno de la risa del otro. Esos instantes son preciosos y hay noches en que me aferro a ellos con el rigor de un naúfrago a la playa, mientras el humo negro ensombrece mis pulmones. También en ocasiones revivo con cierta fatiga el aroma de Mariela y nuestros juegos. Su obstinación y su belleza. Es la primera mujer que recuerdo después de mi madre.

Eran momentos pérdidos, frugales, sin pretensiones vanas. Por ello, cuando mido el valor de lo que perdemos me enfurece aun más nuestro delito y el de nuestros mayores . Me duele, me oprime el pecho; tal vez porque implica una negación de nosotros mismos, soslayando con canallesco desdén la belleza de aquellos tiempos. Mientras la anticipación nos previene de un porvenir atormentado y marginal. ¿Vale la pena? No hay respuesta.

Anhelo, por mi parte, atravesar el vértigo recogiendo las cosas que realmente sean útiles para una vejez en calma, con sabiduría. Supongo que sólamente exigirá acumular los conocimientos y los aperos necesarios para ser un buen hombre. Para no traicionarlos a ellos, a mí o al niño que alguna vez supo de aquellos momentos que hoy solo rozo con la razón y la memoria sucesiva.

La luz en penumbras entre las camas improvisadas contra el suelo, los muros rasqueteados y húmedos, las figuritas entre los resquicios de las baldosas, hacen difusas las voces apagadas y suaves. Hasta que una carcajada estrepitosa estalla. Cuchicheando tratamos de silenciarla o disimularla, cuchicheando. Algunos segundos después nos largamos a reír otra vez. Alguien sale de habitación contigua al living. Emite un chillido molesto. Nosotros bajamos la voz y tratamos de contener la risa. Murmuramos otro poco. Batallamos contra la muerte. Nos animamos a dilapidar los minutos. Ya habrá tiempo - sospechamos- para que la infancia acabe y los espectros y la rutina nos enseñen de horrores y angustias.

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