viernes, 6 de agosto de 2010

Entre sombras y luces

Del último trabajo de Serrat y del inolvidable Miguel Hernandez Hijo da la luz y la sombra



( Hijo de la sombra )

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.

Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

II

( Hijo de la luz )

Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.

Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.

La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.

La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.

El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.

Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.

¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

III

( Hijo de la luz y la sombra )

Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.

Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían que grabada llevo allí tu figura.

Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva
donde asienten su alma, las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.

Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.

No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

IMAGENES

NUESTRA COMUNICADORA DEL MES

LA OPOSICION AL PUEBLO


KIRCHNER- KIRCHNER 2011 (SOLO SUEÑO DESPIERTO)











La puesta en escena

P.A.

Siempre me ha gustado definir al periodista como un actor en segundo plano. El titiritero. La implícita idea de una segunda dimensión en que se desarrolla lo infinitamente esencial de lo sugerido por las formas superficiales. Como un reverberar del conocimiento filosófico que trasciende las luces y sombras de la caverna. Un ligero teatro de marionetas. Y en general el periodismo suele equivaler a eso. Se nutre de eso. La crónica sugiere al titiritero; sugiere la puesta en escena del carácter ficcional que supone el recorte del objeto periodístico. La ínfima variación de las posturas, de los diálogos permitidos y omitidos de las figuras, del paisaje que contextualiza sus movimientos, consustancializa el indicio. Hay alguien por detrás de ello. Alguien invisible y no del todo previsor de los pormenores de la puesta en que se desarrolla porque mantiene a su alcance solo ciertos aspectos de esa circunstancia, mientras nada supone los vaivenes en la dinámica de esos otros elementos que permanecen inalterables en relación al contexto en que se desarrollan. La proporción en que ese personaje solapado se sugiere a sí mismo y la medida en que se mantiene anónimo para operar en la omisión y la exposición de determinados rasgos del evento detrás del cual se aposta, constituyen en buena medida la virtud del periodista que ejecuta la crónica. Ya se ha dicho en tantos otros géneros que la autorreferencia es signo inequívoco de decadencia. En cierto periodismo gráfico (o televisivo), y en general, la autorreferencia parece ser el impetuoso defecto que invierte el proceso de cierto devenir histórico. En lugar de denotar el síntoma de una individualidad en declive, previene acerca del escaso valor pecuniario del ejercitante amateur. Nunca el periodista está (o debiera estar) por encima del hecho o, a lo sumo, del recorte que del hecho consiente su enfoque. Puede, no obstante, que el periodista y el ejercicio de la profesión sean la circunstancia de la metódica reflexión de la prensa pero en caso de no serlo, no se le permite inmiscuirse salvo que desde el vamos esté enfermo de muerte. Salvo que su monstruosa egolatría lo exhorte a convertirse en el regente de aquello que se propone retratar. Pero no pequemos de absolutamente ingenuos. El carácter megalómano de un cronista que trasciende ese relegado plano del cincel y la mano que dan forma a la noticia, supone solo una faceta (salvo en los casos mas groseros y patéticos) de la explicación de su expansiva presencia en el periodismo argentino. Sobre todo porque creer que esa megalomanía es exclusivamente inherente a esos bufonescos especímenes del periodismo equivaldría sin fundamentos pero, y sobre todo, sin la mínima consideración de justicia a exonerar a todos lo demás que poseemos esa condición en mayor o menor grado.


Hay una explicación mas sencilla. Conforme el periodismo se insertó en una especie de orden sagrada cuya metodología insiste en las camarillas y los procedimientos de masonería, por la ampliación y creciente prestigio de las prácticas sociales anexadas a la actividad (cuyo detalle no explicaremos aquí), el cronista dejó de ser tal para situarse en la escena misma. Se soslaya de alguna manera su invisibilidad; se deja de lado para adquirir una mayor preponderancia en la escena comunicativa lo cual repercute directamente en lo exógeno de dicha escena. No hay forma, por tanto, que un integrante de la prensa irrumpa en el hecho consignado sin aportar de manera mas acentuada aquella huella de manipulación, antes mitigada por su disimulo, dentro de la puesta comunicacional. Pero decíamos que esta conducta no obedece a un simple ejercicio de la vanidad. Los trabajadores de prensa, y esto no huelga recordarlo siquiera para descubrir la naturaleza de sus adhesiones y rechazos, son en buena parte operadores políticos. Ni siquiera los mas apartados de la magnificente tentación, cumplen con el encanto del carácter aséptico que las anteriores generaciones de periodistas han interpuesto ante la mínima consulta. Es imposible separar el ejercicio periodístico de un reservorio de simpatías que muchas veces influyen en los recortes y disposiciones de la condiciones de producción de la noticia. Claramente quien habla nos habla por sí y por un conjunto situado por fuera de la escena misma. Aun así, y siendo el contenido ideológico de la noticia no susceptible de escisión, configura una negligencia en el ejercicio de la profesión periodística la primacía de la figura del redactor en el recorte del objeto, la infortunada reducción de ese disimulo que ya se constituía como requisito en la manufactura de la noticia.


En tiempos de decadencia periodística hegemónica (como la nuestra) es imposible ignorar esa mayor incidencia del hombre o la mujer, en tanto fulano o fulana, que redactan un artículo. En tiempos en que las aguas estaban mas quietas (y favorables) estos insidiosos titiriteros se mantenían correctamente en segundo plano, pese a la construcción de prestigio creciente y desaforado, porque aun los síntomas terminales no existían. Porque el público auditor no se había abalanzado sobre el escenario y los muñecos para ver el verdadero rostro del titiritero y las anomalías del montaje.

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