Cortometraje del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales
Líneas de teléfonos.
Director: Marcelo Brigante
viernes, 16 de julio de 2010
La igualdad como promesa y punto de partida.

Al fin se logró. Me permito, entonces, una confesión por más que aborrezco el declive y la incomodidad que generan las confesiones; por más que me desagrade ese género, esa variante desmedida del coloquio. No obstante, me lo permito. Las imágenes tras la sanción de la ley me llevaron a otras, en particular la alegría de Osvaldo Bazan: creí reconocer en aquella, la otra, la de la ley de medios también a las puertas del Senado. La victoria que significó la sanción de la ley de matrimonios homosexuales el jueves a la madrugada dejaba translucir esa algarabía tan propia que siente el plebeyo con su cuchillo de palo, batallando contra los tanques impiadosos de las corporaciones. En aquella oportunidad (y se mantiene en el tiempo frente a los conglomerados mediáticos) la sensación de abrir una brecha definitiva en la batalla frente a los poderes tradicionales de una sociedad; el caso del matrimonio igualitario admite un sabor mas añejo de un poder residual cuyo terreno ha sido horadado hace tiempo y solo falta la declaración oficial. Allí en ese corporativismo cerrado esta el enemigo como en el corporativismo mediático aun afilando sus garras, aun complotando frente a los avances antimonopólicos. Y se me ocurrió una objeción graciosa propia de nuestra lamentable izquierda: si tantos heterosexuales dudamos de la eficacia del matrimonio ¿Qué sentido tendría esta reivindicación de derechos? (este estilo es de Fogwill en Clarín el último domingo; como ironía está bien, como opinión es risible). Jauretche se opondría, con infinita elegancia, objetando: primero emparejemos después hablamos…
El reclamo por el matrimonio igualitario sostuvo su poder en lo simbólico; no deja de ser evidente que en lo específico, y me abstraigo a lo particular de estos últimos días, representa una victoria innegable frente a las corporaciones. Nadie puede creer que, salvo algunas excepciones y ellas estaban por fuera mayoritariamente del sistema parlamentario, se crea las argucias alegadas en algunos casos extremos como forma de oposición (mas allá del coloniaje mental y religioso de algunos energúmenos) sino que responden al dilema de defender la integridad corporativa tradicional eclesiástica cuya defunción es ya lejana en el tiempo, pero cuya estela residual aun se niega a reconocer su anacrónica derrota. Lo del jueves a la madrugada fue un indicio de la debacle pasada. La corporación de los prelados no tiene nada que ver con la fe en dios; el derecho positivo nada tiene que ver con las reglas internas de la corporación eclesiástica. La necesidad de reglamentar la conciencia solo pude obedecer a una necesidad de poder por fuera de cierta convicción en materia de fe. Como un gesto totalitario de inmiscuirse hasta en el gesto mas privado del ser humano.
Todo el debate previo sirvió, y no es poco, para develar quién es quién. Aquellos rostros bestiales recubiertos por máscaras de antaño. Por fortuna una modalidad inaugurada tras la Resolución 125 y que se mantiene en el tiempo. Los contenidos, sin embargo, no revelaron mayor cosa, salvo para avispar a las conciencias más adormiladas e ingenuas. ¿Queda alguna duda respecto de que el valor que nos constituye tiene como condición indispensable la propensión a incluir? ¿Queda alguna duda que el propósito de la sexualidad no es la procreación sino el descubrir en el fondo la caricia, lo afectivo, el amor? ¿Que sin ello no es nada o es menos que nada? Como en la ley de medios, lo que deriva de todo esto es arduo; emparejar nunca ha sido sencillo. Las expectativas, ergo el punto de partida, están ahora impresas en la realidad, en la memoria de nuestras retinas y son puntos de inflexión de indudable eficacia. El camino venidero se vislumbra mucho más sencillo.
Carta de Valerie:
No sé quien eres. Por favor, créeme.
No tengo manera de convencerte de que esto no es otro de sus trucos, pero me da igual. Yo soy yo, y no sé quien eres, pero te amo. Tengo un lápiz, uno pequeño que no encontraron. Soy una mujer. Lo escondí dentro de mí. Quizá no podré volver a escribir, así que esto será una carta larga sobre mi vida. Es la única autobiografía que escribiré. Y , oh, dios mío, la escribo sobre papel higiénico.
Nací en Notttingham en 1957, y llovía mucho. Pasé mis exámenes e ingresé en el instituto de secundaria. Quería ser actriz. Conocí a mi primera novia en clase. Se llamaba Sara. Tenía catorce años y yo quince, pero ambas estábamos en la clase de la srta Wilson. Sus muñecas eran hermosas. En clase de biología yo me quedé mirando el feto de conejo en formol mientras escuchaba al Sr. Hird, que decía que aquello era una fase adolescente que superaba todo el mundo. Sara si.
Yo no.
En 1976 dejé de fingir y llevé a casa, para conocer a mis padres, a una chica que se llamaba Cristine. Una semana después me marché a Londres, a estudiar teatro. Mi madre dijo que le rompí el corazón, pero mi integridad era lo más importante. ¿Es eso tan egoísta? Se vende muy barata, pero es cuanto nos queda en este lugar. El último resquicio de nosotros, pero dentro de ese resquicio, somos libres.
Londres. Fui feliz en Londres.
En 1981 interpreté a Dandini en Cenicienta. Mi primer trabajo profesional. Ese mundo es extraño y frenético, con multitudes invisibles detrás de los focos ardientes y un glamour agotador. Era excitante y solitario. Por la noche iba a algunos de los clubes habituales, pero no me sentía cómoda y me costaba relacionarme. Había tanta gente que sólo quería vivir alegremente. Era su vida y su ambición, y yo quería mucho más que eso.
Mi carrera progresó. Obtuve pequeños papeles en el cine, luego papeles más importante. En 1986 protagonicé Las Llanuras de Sal. Ganó muchos premios pero no fue un éxito de público.
Conocí a Ruth en esa película.
Nos queríamos.
Vivíamos juntas. El día de San Valentín ella me enviaba rosas y, dios mío, teníamos algo tan grande... esos tres años fueron los mejores años de mi vida.
En 1988 estalló la Guerra. Y después de eso, no hubo más rosas...
Para nadie.
En 1992, después de la toma de poder, empezaron a detener a los homosexuales. Se llevaron a Ruth cuando salió a buscar comida. ¿Por qué nos tienen tanto miedo?
La quemaron con cigarrillos e hicieron que les diera mi nombre. Firmó una declaración donde decía que yo la seduje.
No la culpé. Dios, la amaba. No la culpé.
Pero ella sí. Se mató en su celda. No pudo vivir con el peso de habarme traicionado, de haber renunciado a ese último resquicio.
Vinieron a por mí. Me dijeron que todas mis películas serían quemadas. Me afeitaron el pelo en un inodoro y me contaron chistes de lesbianas. Me trajeron aquí y me drogaron. Ya no puedo sentir la lengua. No puedo hablar. La otra lesbiana de aquí, Rita, murió hace dos semanas. Imagino que yo también moriré pronto. Es extraño que mi vida termine en un lugar tan terrible, pero durante tres años recibí rosas y no me disculpé ante nadie.
Moriré aquí. Perecerá hasta el último resquicio de mi ser.
Excepto uno.
Uno solo.
Es pequeño y frágil y es la única cosa que vale tener en este mundo. Nunca debemos venderla ni regalarla. Nunca debemos dejar que nos la quiten.
No sé quién eres, ni si eres hombre o mujer. Quizá nunca pueda verte. Nunca pueda abrazarte ni llorar ni beber contigo. Pero te amo.
Espero que puedas escapar. Espero que el mundo gire y las cosas mejoren y que la gente vuelva a tener rosas.
Ojalá pudiera besarte.
Valerie.
X
jueves, 8 de julio de 2010
Destacado de medios
¿Qué agregar a lo que escribe Ricardo...
Página 12, Miercoles 6 de Julio de 2010
Maradona y nosotros
Por Ricardo Forster *
Pasó, para los argentinos, el Mundial, se acabó, por ahora, la ilusión de la redención maradoniana. Duró, el sueño, hasta el fatídico sábado gracias a algunas pinceladas dejadas al correr de los partidos y por la electricidad que recorrió la pasión futbolera de un país que ha sabido de triunfos colosales, de goles inolvidables y de frustraciones memorables que dejaron sus marcas bien adentro de la memoria y de la sensibilidad. Los sueños compartidos, siempre, se entrelazan con las huellas de lo vivido, son la manifestación de una extraña alquimia de ilusiones y de realidades. Su potencia tiene que ver con esos orígenes y con esos trazos dejados en la memoria colectiva por otras circunstancias. Por eso también su desvanecimiento produce un efecto devastador, nos deja con el alma en los pies y con la frustración a cuestas sabiendo que la revancha es un consuelo que queda demasiado lejos. Pero que, de eso también algo sabemos, suele regresar cuando menos la esperamos y nos devuelve la alegría perdida en medio de la derrota actual. Nuestro fútbol, como nuestra historia, está atravesado por esos momentos en los que la felicidad y el dolor han dejado marcas imborrables.
Una pasión que conmueve la vida cotidiana, que altera los ánimos y le da forma, muchas veces, al carácter nacional no puede ser la expresión de lo rutinario ni asumir la forma burocrática de quienes no sienten hasta el fondo de sus almas la significación de un deporte que es más que un juego, mucho más que un entretenimiento o que la retórica del fair play; que pone en evidencia lo visceral y lo emotivo, lo racional y lo imaginativo y que se entrelaza con recuerdos y biografías de cada uno de nosotros. Porque, pese a algunos periodistas que se ofrecen como sesudos analistas de la derrota, que siempre es ajena, a muchos de nosotros el 4 a 0 contra Alemania nos atraviesa el cuerpo y los sentimientos, nos hace retrotraernos a lo más recóndito de nuestra memoria futbolística y nos pone delante de una historia maravillosa allí, incluso, donde la frustración, la cachetada destemplada, el golpe de nocaut, la humillación de resultados calamitosos, se conjuga con gambetas inigualables, tacos para la historia y triunfos espléndidos de esos que muy pocos en el mundo pueden ofrecer como propios. Las derrotas también dejan sus marcas y asumen la forma del mito, están allí para recordarnos lo que solemos olvidar de nosotros mismos. Son parte de lo que somos y de lo que podremos ser si no las olvidamos ni dejamos de aprender de sus enseñanzas. Los ojos abiertos por el dolor suelen mirar más intensamente que los que nunca lo conocieron. Y también por eso las victorias, como las alegrías, se disfrutan mucho más. El técnico, único e irreemplazable, de nuestra Selección sabe algo de todo esto. Lo sabe porque lo vivió en carne propia. Y todo eso lleva el nombre de Maradona. El, como ninguno, representa las alturas más gloriosas de nuestro fútbol-poesía, ha sido el nombre de lo más entrañable que habita la saga de nuestro fútbol porque no sólo él fue el creador de un gol eterno, el pibe de los cebollitas que como un mago salido de un circo universal maravillaba con el jueguito interminable que le permitía hacer cualquier cosa con su máximo objeto de devoción que fue y es una pelota de fútbol. Maradona es Villa Fiorito, los picados del pobrerío, la palabra rea, esa que nos ha dejado sentencias únicas, aquel que la rompió en la vieja cancha de La Paternal, que se convirtió, para todo el pueblo napolitano, en un semidios, aquel que redimió a los pobres del sur italiano contra los siempre triunfadores habitantes del norte; fue el de las lágrimas de bronca en la final del ’90, el de los tobillos reventados dando su último esfuerzo, el amado por los humildes y el odiado por los dueños del negocio. También fue el de la caída, el de una vida privada saqueada por la brutalidad amarillista de los medios de comunicación, el de una adicción que le robaba su palabra y le ofrecía el rostro espantoso de la desolación. Fue eso y mucho más. El triunfo deparado a los olímpicos, a los elegidos de los dioses y el que pagó el precio terrible de ser quien fue y quien es. Maradona lleva a cuestas el peso de ser Maradona y, eso creo, lo hace con una dignidad que muy pocos tienen; lo hace con la integridad de los que han conocido el cielo y el infierno, las máximas alturas del éxito y de los elogios rutilantes y su contracara, la caída en abismo, la soledad, la venganza de los mediocres que nunca han dejado de maltratar a Maradona en sus momentos de inquietante debilidad o en circunstancias signadas por la derrota, la futbolera y, peor todavía, la de la vida. Maradona ha sido el del milagro que le permitió reconstruirse, ese mismo que desmintió a los agoreros que se solazaban con su derrumbe. En él, en su travesía extrema y extraordinaria por una cancha de fútbol y por el laberinto de la vida, metabolizó lo impensado de quien ha sabido revertir sus propias ausencias. Hay algo de todos nosotros en el zigzagueo maradoniano, algo de ese juego con los extremos que ha venido marcando la vida argentina desde siempre. Una gramática del exceso, un fervor por el que se paga un altísimo precio cuando llega la hora de la derrota, pero que nos ha permitido disfrutar con una intensidad única cuando llegaron los días del júbilo. Arrepentirse de esa trama profunda que nos constituye me resulta algo vacuo, insustancial e indeseable. Somos, qué duda cabe, la ilusión y la frustración, el empeño por hacernos cargo de lo mejor de una historia pigmentada por sueños a veces
inalcanzables y la imperiosa necesidad
de hacernos cargo de nuestras imposibilidades.
Algo de lo extremo, de eso que siempre acompañó a Diego, parece dar cuenta de nuestras vicisitudes, como si no nos convinieran el equilibrio ni el consenso. Todo o nada. El itinerario de Maradona se entrelaza con el del país, juega en espejo y nos muestra imágenes de nosotros mismos. Sus éxitos y sus derrotas no parecen ser muy distintas a las que nos acompañaron a lo largo de la historia. Supimos de momentos espléndidos, de mundos populares alcanzando cotas de equidad, que dejaron sus huellas en lo más profundo de la memoria colectiva (y el Maradona de los suburbios populares, el amasado en los potreros del pobrerío, el del lenguaje reo, el que siempre estuvo más cerca de Garrincha que de Pelé representa una parte no menor de esa memoria de un pasado mejor); supimos, también, de descensos al infierno, de horrores dictatoriales y de masivas destrucciones de nuestros sueños en distintas circunstancias de nuestra travesía como nación. Conocimos la esperanza y supimos del desencanto, tocamos los resortes más íntimos de la ilusión y nos descubrimos en medio de la pesadilla. Como país tuvimos, y tenemos, algo maradoniano, imposible, loco, entrañable, inesperado que no sabe de puertos intermedios, de maquinarias que siempre funcionan de la misma manera. Conocimos la improvisación genial y el desastre de la improvisación. Jugamos en equipo y nos embelesamos ante la aparición del genio que, él solo, resolvía partidos. Tal vez nuestro problema radique en no lograr que se crucen más y mejor ambos caminos. Tal vez ése fue el error de Maradona en este Mundial: imaginar que Messi era como él, que los mitos se repiten y que las epopeyas están a la vuelta de la esquina. A Messi, como a la historia argentina, le pesa la sombra del mito, el recuerdo de lo maravilloso perdido que, sin embargo, sigue insistiendo. Todos, sabiéndonos portadores de una vana ilusión, soñábamos el sábado en medio de lo que parecía un desastre, con la jugada maradoniana hecha por Messi, con esa gambeta increíble reproducida 24 años después. Claro, descubrimos que los acontecimientos inolvidables son únicos y no se repiten o, al menos, no cuando los esperamos.
Messi no es Maradona, no puede serlo. Su vida, el itinerario que lo llevó, siendo un chico, desde su Rosario natal hacia Barcelona no tiene nada que ver con los pasos seguidos por Diego. En Maradona hay todavía un resto de otro país, la saga mutilada de viejas historias populares, el camino desde la pobreza hacia la cumbre, la fidelidad a los orígenes que siempre se denuncia en sus momentos de arrebato, allí donde suele cincelar frases filosas y memorables como aquella que para siempre nos recordó “que la pelota no se mancha”. Messi, que es un buen chico, humilde pese a ser quien es, tiene más que ver con el futbol espectáculo, con Europa, con las canchas armónicas y prolijas, de esas que parecen mesas de billar y que nada tienen que ver con las nuestras (muchas veces impresentables y salpicadas por la violencia y lo delincuencial, pero también portadoras de la memoria del potrero). Y sin embargo Messi, de un modo notable, guarda en sus genes aquello mismo que hizo posible un Maradona. Quizás, como en una antigua tragedia griega, su hora sólo podrá llegar cuando la sombra del otro dios le deje ocupar su propio lugar bajo el sol. ¿Será dentro de cuatro años?
* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.
Página 12, Miercoles 6 de Julio de 2010
Maradona y nosotros
Por Ricardo Forster *
Pasó, para los argentinos, el Mundial, se acabó, por ahora, la ilusión de la redención maradoniana. Duró, el sueño, hasta el fatídico sábado gracias a algunas pinceladas dejadas al correr de los partidos y por la electricidad que recorrió la pasión futbolera de un país que ha sabido de triunfos colosales, de goles inolvidables y de frustraciones memorables que dejaron sus marcas bien adentro de la memoria y de la sensibilidad. Los sueños compartidos, siempre, se entrelazan con las huellas de lo vivido, son la manifestación de una extraña alquimia de ilusiones y de realidades. Su potencia tiene que ver con esos orígenes y con esos trazos dejados en la memoria colectiva por otras circunstancias. Por eso también su desvanecimiento produce un efecto devastador, nos deja con el alma en los pies y con la frustración a cuestas sabiendo que la revancha es un consuelo que queda demasiado lejos. Pero que, de eso también algo sabemos, suele regresar cuando menos la esperamos y nos devuelve la alegría perdida en medio de la derrota actual. Nuestro fútbol, como nuestra historia, está atravesado por esos momentos en los que la felicidad y el dolor han dejado marcas imborrables.
Una pasión que conmueve la vida cotidiana, que altera los ánimos y le da forma, muchas veces, al carácter nacional no puede ser la expresión de lo rutinario ni asumir la forma burocrática de quienes no sienten hasta el fondo de sus almas la significación de un deporte que es más que un juego, mucho más que un entretenimiento o que la retórica del fair play; que pone en evidencia lo visceral y lo emotivo, lo racional y lo imaginativo y que se entrelaza con recuerdos y biografías de cada uno de nosotros. Porque, pese a algunos periodistas que se ofrecen como sesudos analistas de la derrota, que siempre es ajena, a muchos de nosotros el 4 a 0 contra Alemania nos atraviesa el cuerpo y los sentimientos, nos hace retrotraernos a lo más recóndito de nuestra memoria futbolística y nos pone delante de una historia maravillosa allí, incluso, donde la frustración, la cachetada destemplada, el golpe de nocaut, la humillación de resultados calamitosos, se conjuga con gambetas inigualables, tacos para la historia y triunfos espléndidos de esos que muy pocos en el mundo pueden ofrecer como propios. Las derrotas también dejan sus marcas y asumen la forma del mito, están allí para recordarnos lo que solemos olvidar de nosotros mismos. Son parte de lo que somos y de lo que podremos ser si no las olvidamos ni dejamos de aprender de sus enseñanzas. Los ojos abiertos por el dolor suelen mirar más intensamente que los que nunca lo conocieron. Y también por eso las victorias, como las alegrías, se disfrutan mucho más. El técnico, único e irreemplazable, de nuestra Selección sabe algo de todo esto. Lo sabe porque lo vivió en carne propia. Y todo eso lleva el nombre de Maradona. El, como ninguno, representa las alturas más gloriosas de nuestro fútbol-poesía, ha sido el nombre de lo más entrañable que habita la saga de nuestro fútbol porque no sólo él fue el creador de un gol eterno, el pibe de los cebollitas que como un mago salido de un circo universal maravillaba con el jueguito interminable que le permitía hacer cualquier cosa con su máximo objeto de devoción que fue y es una pelota de fútbol. Maradona es Villa Fiorito, los picados del pobrerío, la palabra rea, esa que nos ha dejado sentencias únicas, aquel que la rompió en la vieja cancha de La Paternal, que se convirtió, para todo el pueblo napolitano, en un semidios, aquel que redimió a los pobres del sur italiano contra los siempre triunfadores habitantes del norte; fue el de las lágrimas de bronca en la final del ’90, el de los tobillos reventados dando su último esfuerzo, el amado por los humildes y el odiado por los dueños del negocio. También fue el de la caída, el de una vida privada saqueada por la brutalidad amarillista de los medios de comunicación, el de una adicción que le robaba su palabra y le ofrecía el rostro espantoso de la desolación. Fue eso y mucho más. El triunfo deparado a los olímpicos, a los elegidos de los dioses y el que pagó el precio terrible de ser quien fue y quien es. Maradona lleva a cuestas el peso de ser Maradona y, eso creo, lo hace con una dignidad que muy pocos tienen; lo hace con la integridad de los que han conocido el cielo y el infierno, las máximas alturas del éxito y de los elogios rutilantes y su contracara, la caída en abismo, la soledad, la venganza de los mediocres que nunca han dejado de maltratar a Maradona en sus momentos de inquietante debilidad o en circunstancias signadas por la derrota, la futbolera y, peor todavía, la de la vida. Maradona ha sido el del milagro que le permitió reconstruirse, ese mismo que desmintió a los agoreros que se solazaban con su derrumbe. En él, en su travesía extrema y extraordinaria por una cancha de fútbol y por el laberinto de la vida, metabolizó lo impensado de quien ha sabido revertir sus propias ausencias. Hay algo de todos nosotros en el zigzagueo maradoniano, algo de ese juego con los extremos que ha venido marcando la vida argentina desde siempre. Una gramática del exceso, un fervor por el que se paga un altísimo precio cuando llega la hora de la derrota, pero que nos ha permitido disfrutar con una intensidad única cuando llegaron los días del júbilo. Arrepentirse de esa trama profunda que nos constituye me resulta algo vacuo, insustancial e indeseable. Somos, qué duda cabe, la ilusión y la frustración, el empeño por hacernos cargo de lo mejor de una historia pigmentada por sueños a veces
inalcanzables y la imperiosa necesidad
de hacernos cargo de nuestras imposibilidades.
Algo de lo extremo, de eso que siempre acompañó a Diego, parece dar cuenta de nuestras vicisitudes, como si no nos convinieran el equilibrio ni el consenso. Todo o nada. El itinerario de Maradona se entrelaza con el del país, juega en espejo y nos muestra imágenes de nosotros mismos. Sus éxitos y sus derrotas no parecen ser muy distintas a las que nos acompañaron a lo largo de la historia. Supimos de momentos espléndidos, de mundos populares alcanzando cotas de equidad, que dejaron sus huellas en lo más profundo de la memoria colectiva (y el Maradona de los suburbios populares, el amasado en los potreros del pobrerío, el del lenguaje reo, el que siempre estuvo más cerca de Garrincha que de Pelé representa una parte no menor de esa memoria de un pasado mejor); supimos, también, de descensos al infierno, de horrores dictatoriales y de masivas destrucciones de nuestros sueños en distintas circunstancias de nuestra travesía como nación. Conocimos la esperanza y supimos del desencanto, tocamos los resortes más íntimos de la ilusión y nos descubrimos en medio de la pesadilla. Como país tuvimos, y tenemos, algo maradoniano, imposible, loco, entrañable, inesperado que no sabe de puertos intermedios, de maquinarias que siempre funcionan de la misma manera. Conocimos la improvisación genial y el desastre de la improvisación. Jugamos en equipo y nos embelesamos ante la aparición del genio que, él solo, resolvía partidos. Tal vez nuestro problema radique en no lograr que se crucen más y mejor ambos caminos. Tal vez ése fue el error de Maradona en este Mundial: imaginar que Messi era como él, que los mitos se repiten y que las epopeyas están a la vuelta de la esquina. A Messi, como a la historia argentina, le pesa la sombra del mito, el recuerdo de lo maravilloso perdido que, sin embargo, sigue insistiendo. Todos, sabiéndonos portadores de una vana ilusión, soñábamos el sábado en medio de lo que parecía un desastre, con la jugada maradoniana hecha por Messi, con esa gambeta increíble reproducida 24 años después. Claro, descubrimos que los acontecimientos inolvidables son únicos y no se repiten o, al menos, no cuando los esperamos.
Messi no es Maradona, no puede serlo. Su vida, el itinerario que lo llevó, siendo un chico, desde su Rosario natal hacia Barcelona no tiene nada que ver con los pasos seguidos por Diego. En Maradona hay todavía un resto de otro país, la saga mutilada de viejas historias populares, el camino desde la pobreza hacia la cumbre, la fidelidad a los orígenes que siempre se denuncia en sus momentos de arrebato, allí donde suele cincelar frases filosas y memorables como aquella que para siempre nos recordó “que la pelota no se mancha”. Messi, que es un buen chico, humilde pese a ser quien es, tiene más que ver con el futbol espectáculo, con Europa, con las canchas armónicas y prolijas, de esas que parecen mesas de billar y que nada tienen que ver con las nuestras (muchas veces impresentables y salpicadas por la violencia y lo delincuencial, pero también portadoras de la memoria del potrero). Y sin embargo Messi, de un modo notable, guarda en sus genes aquello mismo que hizo posible un Maradona. Quizás, como en una antigua tragedia griega, su hora sólo podrá llegar cuando la sombra del otro dios le deje ocupar su propio lugar bajo el sol. ¿Será dentro de cuatro años?
* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.
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