jueves, 10 de junio de 2010

Paralelismos en el día del periodista: entre el delirio y la prueba


M.R. Y P.A.


En algún párrafo de Esperando a los bárbaros, Gentz escribe algo así como “He tenido delante de los ojos algo que saltaba a la vista y aun no he podido verlo.” En algunos casos eso parece aplicable; en otros la astucia clandestina de hurgar por huecos solapados o entre voces susurrantes, amilanadas en los foros vertiendo su impronta de secreto entre dientes en búsqueda de alguna curiosidad, situaron cada revelación con oficio precisista en los tiempos y espacios que correspondían pero en calidad del saber de unos pocos especialistas y curiosos. Esas instancias ausentes de la memoria común mas vinculadas a los pormenores de camarillas o de pequeños círculos aunque de relevancia creciente dentro de la esfera publica, se anclaban en conciencias particulares eludiendo la instancia del interes mancomunado. La habilitación del debate en el marco de la cavilación de la conciencia pública activa fue un proceso no espontáneo que supuso la concreción silenciosa de determinados mecanismos de respuesta a factores exógenos o consecuentes, con cierto grado de autonomía, a la información antes velada de la escena comunicacional y puesta ahora a consideración de la sociedad civil. Estoy hablando sin más de Papel Prensa S.A. Hablo de los Graiver. Hablo de la expoliación.

Considerar ciertos ejercicios en apariencia paralelos no puede prescindir de los datos que satisfacen la retórica narrativa y taxonómica del origen de la empresa Papel Prensa y de la conformación del Grupo Clarín como agente dominante en el mercado. Pero quisiera dejar lado provisoriamente, sin omitirlo y darle el rango que merece como dato al margen, el hecho de la apropiación de la manufactura del papel en posición monopólica para cincelar una puntillosa hegemonía en el mercado de la prensa argentina. Este sustrato que se sitúa por fuera de la materialidad textual y del nivel de análisis al que aspiro, retornara luego para darle dimensión real a la retahíla conceptual desplegada en buena medida por el diario.

Por un lado el artículo de Osvaldo Pepe publicado en Clarín en virtud a la conmemoración del dia del periodista el 7 de junio. Ya el titulo es una clara prevención de qué aspectos de la prensa (o de la concepción particularista del Grupo Clarín de claros lazos filiales con la lógica del periodismo del sentido común inaugurada por La Nación y hoy extremada hasta el punto del delirio) se tomará el trabajo de resaltar, abusando del ejercicio de la descontextualización y el absoluto desprecio por interponer alguna prueba cuya ramificación pueda ser constatada por otros textos, documentos, etc. Se trata de un artículo apologético de la actividad periodística que no acusa la prueba porque su argumentación no se sostiene salvo en la exhibición de los verdaderos motivos que incitan esa perspectiva que no excluye la mutilación de ciertas intelecciones que no pueden salir a contestar porque sencillamente han muerto. Claro que poner al alcance publico la explicación lisa y llana de los genuinos parámetros que incitan una defensa aislada de toda preocupación por los elementos fácticos, equivaldría a reconocer que tales no favorecen en manera alguna ninguna de sus prédicas editorialistas en defensa de la moral publica y la libertad de expresión. Y de ahí la regla general de que la omisión coyuntural de ciertos detalles y la exaltación de otros es la estructura clásica de la descontextualización y una de las armas más eficaces de la manipulación en todos los ámbitos. Colocar un gesto, una frase, una idea muchas veces lícita por fuera de la emisión real y total de los mismos puede convertir un tomate en una flor. Lo interesante es que sin esa venda de apriorismos conceptuales y prejuicios dominantes no se sostiene discursivamente y conforme las circunstancias arrecian en contra de esa impostura esta se desespera al punto de sumirse en el dilema gentziano pero no por desconocimiento sino por la negación del cínico acorralado por el resorte de sus propias acciones. Siempre hay crédulos claro esta. Pero cada vez menos. Y el oficio de la descontextualización no busca lo repetido sino la novedad, el número; el convencido ya de antemano le parece, erróneamente, que no es un logro.

Por el otro, en virtud de la misma referencia, Horacio González en Página 12 hace un recorrido apoteótico por los andariveles del primer periodismo argentino hasta la bulliciosa y confundida actualidad. No se limita a las frases coloridas, dulzonas, de manual de secundaria de Mariano Moreno sino que ahonda en los atributos de la prensa y en la naturaleza de la prosa periodística. Aporta una serie de hechos comprobables desde una u otra focalización teórica y señala algunas conclusiones que la reseña misma sugiere a lo largo de las esplendentes parrafadas de Horacio. Es evidente que la intención de la nota es dilucidar el carácter de lo intrínsecamente periodístico y dar algún instrumento a quien reflexione sobre el rol del estado y la esfera política en la renovación de las posturas ideológicas en relación con la esfera pública en donde el periodismo registra la temperatura e incluso la morfología de las vanguardias, cuando no las transmite a un vasto público que interviene de forma mas intermitente.

Pormenoricemos el análisis. Escribe Osvaldo Pepe en Clarín del 7 de junio del 2010 en el segundo párrafo, segunda línea: “Darle visibilidad y permanencia a las cuestiones del debate público; asumirnos como contrapeso del poder en la escena publica; conseguir testimonios y evidencias sobre los desmanejos de las gestiones oficiales, hábitos que tanto irritan al poder (resaltado en negrita para enfatizar el verbo).”
Independientemente de la objeción que suscita esta idea del periodismo obsesionado en la denuncia y en el solipsismo implicante de la descentración del objeto (en este caso simulada) ¿A qué poder se refiere Pepe? ¿Al poder político que durante años coptó el Grupo y al que ellos como turistas de paso asociaron a tramas corruptelas solo cuando el rigor del expediente judicial y de otras fuentes periodísticas lo colocaban de manera ineludible en el centro de la escena o una vez que el personaje civil en cuestión se encontraba por fuera de la gestión gubernamental sin posibilidades de usufructuar el estado a favor de del Grupo? ¿Y el poder económico? ¿No existe? ¿Aun estamos en las vísperas de la Toma de la Bastilla? ¿Aun las vanguardias tecnológicas no encumbraron al capital concentrado en la naciente era de la información para constituir un factor de injerencia en la totalidad del campo social? ¿Es posible que el libre acceso a la información, la construcción de los paradigmas dominantes, hoy dependa exclusivamente del poder central monárquico, de los regimenes nacionalistas fascistas, de las monarquías parlamentarias de Europa? ¿No será que se equivoco Eduardo Aliverti al decir que estos muchachos atrasan dos años cuando en realidad atrasan cincuenta, cien o hasta doscientos años? ¿O, por el contrario, ese sintomático retorno el pasado en consideraciones de coyuntura específica, radica en un componente psicológico que dicta que los residuos culturales dominan el sentido común y que el entendimiento del hombre asimila, a su ritmo, las transformaciones históricas otorgando entidad negativa a los procesos similares en cuanto a su sustrato popular pero equidistantes en la práctica de ese ideario (Pongo tres ejes claros: el gobierno rosista en tiempos de Perón prodigó para la conciencia las figuras del sentido común que la oligarquía utilizaba para denostar el proceso nacional y popular, la dicotomía de los salvajes y los civilizados; hoy la referencia pretérita persiste y la oposición se favorece de las negligencias de Perón para endilgarlas en este gobierno cuando visiblemente el paso del tiempo y la madurez política las erosionó hasta el punto de reconvertirlas hacia la practica de una democracia cada vez mas pulida)? La recurrencia del enfoque que retarda toda mirada histórica guarda relación con esa pretensión de tocar aquellas figuras que por corrientes y asimiladas ya no se cuestionan. Pero también porque remiten a la época liberal del ejercicio periodístico, época por la que, por otro lado, esos sujetos padecen una inquebrantable nostalgia. Tiempos idos. Cada vez menos afincados en la realidad y menos pertinentes sin la implementación de algún tipo de manipulación informativa, progresivamente devaluada e inútil, del terror por la integridad física o el terror económico. No obstante el amplio asidero que poseen estas ideas por estar ya en el repertorio de la colección de conceptos que se determinan a priori, sin pruebas, porque se creen suministradas ya hasta el hartazgo, concitan un cierto publico de influencia en los asuntos públicos a diferentes niveles. Para ello Pepe puede omitir el cambio de eje de ¡hace 200 años! desde un poder central estatal al actual estado hostigado por el capital concentrado internacional y sus subsidiarias y asociadas nacionales que controlan los aparatos publicitarios y, en general, la red de esferas que configuran la llegada de los candidatos de la corporación política militante al poder. Los sucesivos gobiernos en Argentina han sido o aliados o empleados asalariados de ese poder económico en donde el emporio de información más importante del país, ocupa un lugar preponderante.
Continua Pepe: “Lo que asoma es un cruce de acusaciones que exceden a la necesaria diversidad del pensamiento: con la venia oficial, se quiere instalar la idea de que la profesión es un lugar bastardo de trafico de intereses y un trapicheo de opiniones (también en negrita)”. Las medias verdades acaban por no ser ciertas según lo muestra Pepe. No es la profesión o el oficio (idea del periodismo que conviene no descartar) un lugar bastardo por si mismo , yo diría nunca lo es o tal vez lo sea solo dejando de ser periodismo, sino cuando consiente la omisión, la indiferencia o el colaboracionismo al ceder a la practica execrable de grandes injusticias, cuando soslaya que el propio Grupo para el que trabaja mantiene el dominio a partir de ser el dueño de la provisión de papel, siendo por tanto quien determina los precios y favorece o funde cualquier proyecto periodístico según su conveniencia por lo que su estadía en los mas altos lugares de venta y de preferencia en la elección del publico se debe, en gran medida, a que con su propiedad de Papel Prensa ha tirado por la borda cualquier posibilidad desde el vamos de que otros diarios puedan ser elegidos por una vasta porción de lectores, controlando su real acceso a un insumo básico como lo es el papel. Se estatuye en juez y parte de la cuestión. Se favorece a sí mismo, perjudica a todos los demás. Cuando el periodista elude considerar las causas del vertiginoso crecimiento del Grupo Clarín o los desmanejos de las gestiones privadas (invirtiendo la formula de Osvaldo Pepe) hace lo que Pepe señala: trafico de intereses y periodismo bastardo. Es él quien practica su propia ofensiva contra el oficio del periodista.

No hay dudas, por otra parte, (¡tranquilo Pepe!) acerca de la función social del periodista y su honestidad pero ese cheque en blanco no se extiende a una totalidad monolítica; es decir, yo no se la concedo ni a todos los periodistas dependientes del sector privado, ni a todos los que trabajan para el sector publico y que, por ende, puedan ser calificados de oficialistas. Miserables hay en todos lados.
Dicha actitud hostil (crítica) hacia lo espurio de la profesión la impulsó, políticamente, el gobierno nacional, ciertamente, poniéndola en la puesta cotidiana pero solo en virtud de que estaba adormilada en el espíritu de quienes creímos toda la vida que el ejercicio periodístico nada tiene que ver con la sinvergüenza de unos cuantos que amparándose en la independencia, superstición que los dogmáticos insisten en declarar tomándonos por estupidos, y en la libertad de expresión.
En el quinto párrafo Osvaldo Pepe, cita una frase de Silvio Rodríguez; otra muestra de descontextualización y manipulación del mas común de los sentidos. Transcribe Pepe: “de quienes no somos asalariados del pensamiento oficial”, frase que consta en Libre Albedrío. Cabe recordar que también hay pensamiento privado y que muchas veces es único y hegemonizante, alienante y rendido a la contabilidad de libros mayores y diarios. Tan esclavista como el pensamiento intransigentemente oficial, el pensamiento rentado otra vez por descontextualización y anclaje en los lugares comunes con varias décadas de atraso, queda afuera de la prosa de Pepe. Pero significativa es la oración que dice: “y tiene también un componente comercial, que llevan adelante las empresas que nos contratan que, a su vez, posee ingredientes de aquel además de una línea editorial propia, una mirada especifica del país y de valores a los que aspira.” Notemos que el uso de la palabra componente aspira a la asepsia; no hay interés comercial sino componente comercial, siendo que en la comunicación oficial, para Pepe, no habría componentes políticos sino intereses políticos. Notable. El comercio se ubica como un factor estéril que solo quiere potenciar ventas, generar ganancias y ser instrumento útil dentro de una economía capitalista donde el individualismo es el motor social. No habría concentración económica, ni doble moral, ni posiciones en las que las empresas de medios son al mismo tiempo jueces e imputados. Son, en cambio, verduleros de barrio. Solo quieren ganarse la vida con una actividad comercial que en sí misma es honorable, como cualquier actividad humana.

Sigue: “Un periodista o un medio son independientes cuando no dependen de los dineros y los favores oficiales” Otro paradigma liberal que se sostiene en la obstinada afirmación anterior de Pepe sobre la independencia del periodismo.; arrastrada esa falacia, se deriva en que la no dependencia del poder oficial basta para la independencia. No conviene una tercera fuente el cuentapropista que seria la alternativa para acercarnos a una pretendida independencia. Lo que Pepe señala como independencia es en realidad dependencia del pensamiento de un privado, ataviado por intereses de clase y políticos generalmente conservadores y elitistas, proclives a la determinación por derecha. Claramente el error o la negligencia o la mentira que funda Pepe sobre la independencia, le hace sostener una determinación del periodismo enraizado en la luna.
“Que el periodismo organice el debate público es intolerable para los cesarismos de los gobernantes. Eso es lo que hemos hecho siempre los periodistas y eso es lo que se combate” ¿Qué extraña ilusión megalómana le ha hecho creer a Pepe que es el periodismo el que organiza la agenda pública en lugar de la sociedad civil o el sistema político a través del poder legislativo? ¿Qué es lo que se cree Pepe que es el periodismo? ¿No está de alguna manera trasladando la idea de cesarismo político a cesarismo periodístico cuando sostiene ¡que el periodismo organiza la agenda pública!? ¿Quiénes se creen que son? ¿Qué creemos nosotros que somos? ¿Acaso lo sabemos con rigor?

Sigue Pepe: “La sesgada ley de medios impulsada por el gobierno, y suspendida ahora por la Justicia, habilita nuevas voces, pero acalla otras y le concede al estado una inusitada influencia en el manejo de la información.” ¿Qué voces acalla? Aquí la fragmentación opera sin molestarse en esbozar qué determina la ley y qué voces verdaderamente sustrae. Las voces, ciertamente, repetidas por la multiplicación de licencias adjudicadas a una misma persona jurídica, son las que la ley 26.522 acalla y que constituyen, consecuentemente, las portadoras del discurso único. Las otras voces que Pepe refiere sin especificación, sin apego a los hechos, lo habilita a identificar nuevas voces o voces divergentes con los canales, radios y periódicos que dependen de un solo formador de opinión que pergeña aquella cosmovisión unívoca.
Luego Pepe exhorta a la presidenta a condenar el ataque ¡al auto! de la periodista Adela Gómez pero no dice nada de lo que en épocas anteriores le costó la vida a Mario Bonino. Denunciante sin interrupción de esa concentración mediática que la ley de medios intenta revertir, luchador incansable por el derecho de los periodistas en su calidad de artesanos del oficio y no como Pepe vocero de una corporación como el Grupo Clarín. La elección de nuestras referencias y los acontecimientos unidos a ellas delinean también quienes somos.

El artículo de González, contrariamente, ubica un contexto y un itinerario que conllevará la aprobación o el denuesto según sea convenido, pero en el cual es innegable la presencia de una estructura narrativa, un relato que se corresponde con una serie de constancias mayormente documentadas y referidas por diversos autores. Irreprochable, entonces, la estructura de unir diferentes alegatos para destacar una convicción íntima y demoler los preceptos apriorísticos que los medios hegemónicos han construido durante décadas de manipulación y tergiversación.
Transcribir el artículo de Horacio equivaldría a ultrajarlo. En el mismo se esconde la puesta en juego de una multiplicidad de ideas que nos acercan cada vez más a una definición del trabajo periodístico y su prosa, su pasado y su presente, sin necesidad de recurrir a circunloquios cuya naturaleza cínica solo acaba por congregar mas antipatías que aplausos. Al unir estas pistas con la historia de los Graiver, más precisión adquiere el rol social del periodista con un énfasis antes extirpado en sus indeclinables obligaciones.

Tal vez, ahora sí, podamos eludir la precaución de Gentz. Tal vez podamos ver, finalmente, lo que salta a la vista y actuar en plenitud de nuestras potencialidades.

jueves, 3 de junio de 2010

Juegos de palabras, juegos de villanos


M.R.

Crispación. Es una palabra que oigo a menudo. Y en relación a los actos gubernamentales, a su más mínima gestualidad, esta aparece con mayor fuerza y obstinación. Se decía en Radio Nacional, hace unas semanas, que ciertas cuestiones de forma constituyen a la larga una cuestión de fondo y Carlos Raimundi insistía en la conformación de una gestualidad propia que lograra un cierto grado de consenso de los sectores medios para con el kirchnerismo. No es erróneo el razonamiento. El problema es el contexto de aplicación, los canales receptores de esa gestualidad.
Perón llegó al poder, o mejor aun, eludió la estancia prolongada en la Isla Martín García por una base social de extracto popular, organizada previamente en los sindicatos. Ellos lo excarcelaron y lo instalaron en la Presidencia de la Nación. Ellos le dieron materia prima y destino a su gestualidad.
El caso del kirchnerismo es inverso. La transversalidad fue posterior a la llegada de Kirchner a la presidencia. No obstante, los mecanismos de legitimidad se construyeron sobre la base de los sectores sociales postergados (en desmedro de las primeras y postreras astucias fraudulentas de Kirchner). Allí entraron los movimientos sociales y los representantes de la ya anacrónica y madura juventud peronista de los años setenta. Claro que la diferencia no es solo de orden sino también de magnitud, del grado representativo de esas bases. Perón entró en juego con un movimiento sindical sumamente poderoso, emergente y representativo de vastas regiones de la sociedad cuyo factor común era el amplio mundo del proletariado. Los Kirchner (tanto Néstor como Cristina) tuvieron que lidiar con un sistema productivo desarmado y putrefacto, por lo que solo encontraron sectores fragmentados cuya representatividad masiva es de un orden más cercano al compromiso y la sensibilidad que a lo puramente fáctico (en realidad esta objeción es parcialmente valida y sumamente dolorosa).

¿Dónde queda, viendo esta base reducida, la posibilidad de generar una gestualidad propia del kirchnerismo para comunicar y hacerse del favor de los sectores más escépticos y alienados? Sería interesante no solo pensar la necesidad de una mejor política comunicativa sino en los elementos de recepción de esa política potencial, en los alcances de estos factores y la posibilidad real de coordinar la emisión con una recepción real, teniendo en cuenta la región donde el texto instala la escena comunicacional. Vale decir lo enunciativo como la generación de sentido.
Como fuere, el fervor solo puede ser fruto de la acción concreta. La realidad que hoy se impone a los discursos reaccionarios de los grupos mediáticos y que en los últimos dos años ha hecho caer mascaras a la marchanta, es lo que ha venido a reemplazar esa gestualidad. Mientras, el arco opositor abusa de la estrategia hebrea para tomar Jericó y sus rosas íntimas: marchar lentamente en círculos, no atacar directamente, apretar cada vez más la curva y estrechar el asedio, sin dejar de hacer sonar en el aire la melodía trágica de las trompetas. De la realidad (distorsionada) siempre dramática.

Queda claro ya que los canales para generar ese consenso, para informar en cuestiones sensiblemente trascendentes, tal como requieren algunos sensatos hombres del centroizquierda, aun están en ciernes. Es un crío al que lo lastima la luz del sol. Y sin embargo es necesario exponerlo aunque le duelan los ojos. Para que observe y compruebe. Para evitar la visión velada que hasta hoy no le permitía ver el clarear y sus variaciones. La gestualidad de a poco va adquiriendo un sujeto que lo pueda descifrar, que comprenda las peculiaridades del código kirchnerista. Esta construcción en una sociedad adormilada, somnolienta, dio muestras de que necesitaba el sobresalto para oír después los argumentos y no viceversa. La inversión de este procedimiento es el desafío del porvenir kirchnerista.

Debo hacer una confesión. Antes de escribir esta nota oí en Radio Continental a un columnista nocturno preguntarse por el valor ético del ejercicio inquisidor y rastrero (falaz en este caso) practicado sobre el programa 6, 7,8 con la publicación de una nota que versaba sobre el monto cobrado por los periodistas que trabajan en ese programa. Cacareó una postura razonable aunque un tanto engañosa. Luego la locutora del mismo programa desaprobó, siguiendo el hilo de su compañero, la confrontación tan propia de estos tiempos. No se trata- dijo- de la discusión de posturas u opiniones diferentes sino de ver con qué te puedo tirar, de cómo te destrozo. Cierto. Claro que esa certidumbre equivale a pensar estas confrontaciones como deportes o simples manifestaciones lúdicas muy parecidas a la mancha pared.

Olvidó decir (o simuló olvidar) que cada embate ideológico de los sectores antikirchneristas responde a intereses particulares, a la conservación de instancias de poder, a mantener un grado efectivo de manipulación o mas simplemente apuntan a amorrocar una moneda mas en el bolsillo.



jueves, 27 de mayo de 2010

Reflexiones a la hora del crepúsculo


Me parecía atinado reintentar estos infinitesimales ejercicios de la memoria en el registro de una instancia comunicativa horizontal por antonomasia con la transcripción de un artículo que definiera algunas convicciones,reforzadas a golpes de conciencia y el reververar de viejas sospechas. No sé si las líneas de Forster encierran alguna verdad . Pero ¿qué es, en definitiva, la verdad? Años de tradición judeocristina aun penden de un hilo cuando quieren conceptualizar esa categoria rigurosa que se ajusta mas a la pretensión (solipsista y misántropa) de acotar el espacio abarcado por la palabra que a la de universalizarla. Tal vez porque suponen que la universalización implica, sin mas, el catálogo de las multiples diferencias, de los detalles, que hacen de este orbe, a veces crepuscular, la fuente de esplendidos descubrimientos.

Yo lo relaciono (sin originalidad y mezquinamente) con mi propia impresión de este tiempo. Impresión que admite un mojón en la conciencia: el 25 de mayo del 2003. El deleite por esta nota proviene de ese impacto y tal vez de pensar quién era entonces, cómo estaba, el entorno que vislumbré, la promesa que me hice a mí mismo y que mantengo si los signos cambiasen.

Me alegra saberme parte de este tiempo. De haber despertado del espejismo. Pienso ahora un poco mas en la dinámica constante de los pueblos en pugna contra los valores de la restauración conservadora. Plantean, segun creo, la infinita necesidad de deconstruir y repetir. De insertarse y desprenderse. Una lucha constante entre el compromiso, los sueños y el deber ser de todos los días que batalla contra nuestros propios impulsos de desprendernos de la sinfonía, eludiendo toda comunión desinteresada por los demás. Eso logra hacernos pequeños. A veces uno tiene la impresión postrera de que dice mas que lo que hace. Sin embargo la expresion genera multiples instancias a partir de la trascendencia propia de cada discurso que, a su vez, se transforma en las condiciones de produción de otros (y de la praxis). Ese interminable entramado de luces alumbrando otros distritos mas alla de la propia intelección alimentan simbólicamente las perspectivas de transformación. Señalan ciertas divergencias que se oponen a la estructura monólitica de las prácticas discursivas hegemónicas. "Solo por amor a los deseperados conservamos aun la esperanza", es probable. O quiza por hacer un favor nos vemos involucrados en una travesia épica. Tal vez por no densillar a tiempo del caballo, conquistamos el Asia entera, cuando solo queríamos dar unas simples lecciones de equitación.





Por Ricardo Forster


“Sólo por amor a los desesperados conservamos aún la esperanza.”

Walter Benjamin



La política y sus tiempos. La política y la capacidad de devorar en un instante todo aquello que amenaza con salirse de las exigencias de lo urgente. La política y la clausura del pasado, pero no entendido como tiempo cristalizado, como núcleo de una melancolía insoportable, sino entendida, la política, como dominio abusivo y brutalizador del aquí y ahora que vuelve ilegítima cualquier fidelidad o, más grave todavía, cualquier persistencia en un giro anacrónico del lenguaje y de las pasiones.


Todo debe jugarse en el absoluto del presente que engulle sin piedad los entusiasmos de ayer. No parece quedar ni la sombra del recuerdo o, cuanto mucho, una leve mueca de autoconmiseración por haber sido tan ingenuos, tan poco realistas, tan absurdamente quiméricos, que pudimos imaginar en un momento de extravío y alucinación que éramos testigos, y quizás parte, de un cambio histórico, de una rara inflexión de una época previamente anunciada como de clausura.
A la hora del crepúsculo, como decía el viejo Hegel, la filosofía levanta vuelo para intentar comprender lo sucedido. Son muchos los que se despiertan de su largo sueño, ese que prolongaron mientras las cosas sucedían sin ellos o contra ellos, para dedicarse a recordarnos todo lo que se ha hecho mal, todo lo que se hubiera podido hacer y no se hizo. Son los críticos de última hora, los aventajados que saben sacar ventaja cuando las hojas ya han caído del árbol pero que nunca se atrevieron a enlodarse cuando la historia se volvía barro y urgencia.
Son aquellos que nos lanzan a boca de jarro que gracias a los desaguisados del kirchnerismo hoy regresa la derecha y amenaza con volverse nuevamente hegemónica. Olvidan, prefieren hacerlo, que si la derecha restauracionista está entre no-sotros es porque algo sucedió en estos últimos años, algo de lo insólito y de lo inesperado que, entre otras cosas, reinstaló la cuestión degradada de lo político y nos ofreció la rara oportunidad de recuperar, bajo nuevas condiciones y abriéndonos a otras posibilidades hermenéuticas, lenguajes rapiñados en tiempos de oscuridad y de derrota; mundos conceptuales que se nos habían extraviado o que habían sido sometidos a la dura crítica, que suele ser impiadosa, del acontecer histórico.
¿Qué fue de las izquierdas siempre esclarecidas y dueñas de la verdad y de las tradiciones nacional-populares en los noventa, más allá de sus insistencias dogmáticas y de sus cegueras para intentar leer la densidad de los nuevos tiempos? ¿Qué fue de ese progresismo bienpensante, pulcro y republicano cuando le tocó la hora de ejercer el gobierno? ¿Qué fue de los libros que nos ampararon al construir nuestras biografías político-intelectuales cuando tuvimos que recorrer el arduo pero indispensable camino de la revisión crítica?
Algunos intentamos construir refugios para guarecernos de la tormenta desatada sobre todos nosotros por una época brutal del capitalismo vencedor; refugios en gran medida apartados de la escena pública y de la política allí donde ambas parecían alejarse miles de kilómetros de aquello que creíamos significativo (los ladrillos con los que construimos esos refugios estaban hechos de los saberes amados, de los libros que nos apasionaron, de aquellos otros que no habíamos leído en las horas de la urgencia y, por qué no reconocerlo, de los dogmatismos).
Otros resistieron dando batallas minoritarias y testimoniales, valiosas en sí mismas. Los más cerraron el folio de sus antiguos compromisos juveniles para adaptarse a las nuevas condiciones de una época cruel y antiutópica. Todos, de diversos modos, sufrimos el impacto de ese giro impensado en el interior de nuestra historia reciente.
¿Cuesta regresar al punto de partida como para intentar otra mirada? ¿Qué éramos y dónde estábamos en el 2003? ¿Qué esperábamos de ese a destiempo alocado que se llama/ó kirchnerismo? ¿Qué fue de la anomalía y de la excepcionalidad, apenas un giro ingenioso del lenguaje para dar cuenta de lo que no podíamos dar cuenta? ¿Olvidamos, acaso, las escrituras ciertas, por aparentemente incuestionables, de lo destinado nacional, las marcas persistentes de lo peor en el cuerpo de la sociedad que no esperaba y menos deseaba lo que aconteció inesperadamente el 25 de mayo de 2003?


¿Qué país éramos en ese inicio catastrófico y degradante de un milenio que nos devolvía la imagen de una decadencia indetenible? ¿Qué nos había sucedido durante la década menemista?, una década que se comió el alma de gran parte de los argentinos que, como en otros momentos graves de la historia, olvidaron rápidamente sus compromisos y sus opciones.
Esas mismas opciones que hoy, convenientemente travestidas, regresan de la mano de una derecha mediática (así, al menos, la veía Nicolás Casullo a la derecha en esta época de un neoliberalismo articulado no sólo como giro económico del capitalismo sino, fundamentalmente, como revolución cultural afincada en los lenguajes universal-homogeneizantes de los medios de comunicación de masas), capaz de penetrar en lo profundo del sentido común de vastos sectores sociales y de modificar intensamente los imaginarios de época para fusionarlos con los objetivos del poder económico y de sus prácticas culturales.
El enceguecimiento posmoderno del aquí y ahora, la lógica avasalladora del instante parecen apropiarse de nuestra capacidad para auscultar los signos del presente mirándonos en el espejo de un pasado que, aunque ya no lo sepamos ni lo queramos o podamos ver, insiste en nosotros recordándonos dónde estábamos y de dónde veníamos.
Errores, muchos, pero cómo no cometerlos cuando el giro loco de la historia hacía tiempo que había dejado huérfanos de ideas a los supuestos portadores de lo emancipatorio (ya se que muchos dirán que lo venían advirtiendo, usarán sus certezas incontaminadas para demostrar que las maneras de comprender este tiempo de la historia son equivalentes a las que siempre hemos utilizado como si las furias de esa misma historia no nos hubieran atacado impiadosamente, cual termitas que se devoran maderas carcomidas por el paso del tiempo). Descreerán de lo extraordinario que hasta hace muy poco era la marca de la originalidad, de la de ellos y de la nuestra.


Dirán (¿diremos?) que todo fue apenas una ilusión, casi un equívoco, como quien toma una calle que de repente lo conduce hacia una zona de la ciudad que permanecía desconocida, hasta que se da cuenta de que eso mismo que le resultaba desconocido era tan sólo una falsa escenografía. Mientras tanto los pasos nos devuelven a lo conocido, a las desilusiones de siempre pero satisfechos por nuestros aciertos y nuestras aseveraciones autocumplidas. Ni un resto de fidelidad a ese loco entusiasmo que nos tomó desprevenidos, regreso al redil del realismo o, peor, del posibilismo.
De nuevo a asumir la sensatez, a regresar a la seriedad que necesita una verdadera República y de la que carecimos a lo largo de esta experiencia alucinada que descuidó, eso nos dicen desde diversos lados, las formas. Se acabó, el tiempo de la anomalía se volvió espectral, es apenas un fantasma que ya no asusta a nadie y, mucho menos, recorre nuestras geografías devastadas, una vez más, por la seriedad de lo inexorable. Los tiempos se han cumplido y hemos regresado a nuestra cotidianidad, aquella que se despoja de la esperanza imposible para afirmarse en la certeza de lo cumplido como anuncio de lo peor, es decir, el fin de la excepcionalidad y de la espera sin garantías.


¿Eso es lo que deseamos?
¿Tanto para tan poco? ¿No es acaso ahora, cuando el desfiladero se estrecha, el momento de la insistencia, la loca afirmación de lo a deshora? ¿No es éste el núcleo de lo imaginado como lo propio de esas cartas abiertas que se nos ocurrió escribir para decir de otro modo, con otras palabras, aquello que estaba sucediendo y que amenazaba, una vez más, con tragarse lo inaugurado en el 2003? ¿No constituyó una sorpresa, para propios y extraños, y en especial para la derecha mediática, la aparición de esos intelectuales que salían a defender a un gobierno impresentable, desprolijo, soberbio, hegemónico y rodeado de piqueteros?
¿Imaginábamos que los avatares laberínticos de nuestras vidas nos permitirían esta segunda oportunidad para intervenir, ahora de otro modo y con las enseñanzas del dolor a cuestas, en la escena política? ¿No fue acaso esa desprolijidad plebeya la que nos conmovió y nos convocó cuando toda forma de “gestión” de lo público parecía definitivamente capturada por los lenguajes tecnocráticos y por las apelaciones hipócritas a la calidad institucional mientras se desguasaba el Estado y se agusanaban las lógicas de la distribución de la riqueza en nombre de las sacrosantas leyes del mercado?


¿No intentamos, acaso, darle forma a nuevas palabras que buscaran dar cuenta de lo propio de una época anómala, sabiendo que lo político se muere allí donde no se reinventa bajo otras experiencias y en la búsqueda de nuevos lenguajes? Lo único garantizado en este tramo de la experiencia humana, decía Theodor W. Adorno con un cierto dejo de pesimismo, es la reproducción de la barbarie. Tal vez por eso lo que queda, lo que nos queda, es seguir insistiendo. Hoy más que nunca para impedir que se consume esa barbarie que, entre nosotros, lleva la forma de la restauración conservadora.
El kirchnerismo (¿pero... qué es eso?) nos donó lo que parecía perdido: la actualidad de nuestras nostalgias, la alegría de intensidades olvidadas, la oportunidad de un entusiasmo crepuscular y bello. Abrió las compuertas cerradas de la política habilitando un diálogo que parecía imposible entre generaciones separadas por los abismos de la historia y de las derrotas. Asustó, sí, asustó como hacía mucho tiempo que no ocurría a los poderes de siempre, a esa derecha que sintió un escalofrío y que tuvo que iniciar el camino de la horadación del Gobierno para clausurar cualquier intento de cambio posible en un país que había renunciado a todo cambio.
Demasiado, al menos para mí, como si lo ajado hubiera encontrado una nueva e imposible circunstancia para fugarse de lo cumplido y asomar de nuevo su rostro por las sendas de una historia continental. Como si aquellas reflexiones benjaminianas, las que nos recuerdan el potencial dislocador y subversivo de la nostalgia en una época dominada por el instante y la fugacidad, se hubieran vestido con las galas de lo impensado y de lo inesperado permitiéndonos reencontrarnos con nuestras mejores tradiciones intelectuales y políticas.
Extraña circunstancia en la que incluso pudimos recuperar una poética de la emancipación transformándola en el lenguaje extravagante, por injurioso de las formas aceptadas, de cartas lanzadas al ruedo de la política. ¿Valió la pena? Kirchner se ha equivocado mucho, eso decimos y seguramente tenemos razón... pero acaso ¿si no se hubiera equivocado, algo de lo acontecido hubiera sucedido? ¿No somos el resultado de un error, no es la actualidad nacional ese a deshora del que hablaba hamletianamente o apelando, por qué no, a los espectros de Marx?
¿No se abre ahora, precisamente ahora, un tiempo para entramar los hilos de las lenguas que se hablaron durante estos años de yapa? ¿Hay algo de gratitud en nosotros? ¿Vale en política la fidelidad gratuita? ¿Pecaremos de ingenuos? En fin, perdón, por estas reflexiones crepusculares.

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