La locura griega.
“Bálsamos con hojarascas, efímera nieve cristalina que serpentea entre los techos, que se desliza, se adhiere y cuyo final de agua desprevenida desbarata el frágil tendal de generoso blanco. Excitación. Frenesí. Colirio. Variada naturaleza de pájaros migratorios que sobrevuelan con suma pereza y rehuyen apremiados hacia opuestos hemisferios, rugido de alas, Tibios llantos nocturnos de cebolla y pan, roces húmedos, murmullos, aromas de fresias inmaduras o solitarias, breve descanso constreñido, no saciado desnudo, luz de luna roja del ancho de siete mares, timorato capitel de mazapán que levita y flota y levita al desintegrarse entre llamas errantes de cierto terreno bajo. El coral envuelto por cenizas, el firmamento opaco y a la vez resplandeciente, un aceite que discurre entre dinteles y columnas de corintio, humo de leña verde crujidos de metal cobre, chapones, agrios desfiladeros y peñascos mas allá del ardor extático de la zarza, Leviatán blandiendo sus brazos sobre explanada de un territorio desierto árido inmemorial, superpuestas serpientes de diverso color, la sombra de la senectud proyectada por la furia diáfana del hollín moribundo, embravecidos leones, la moneda de dos caras simultaneas, el molde y la huella translucida de la precipitación, jubilo místico, farsa, drusos y centuriones, perversos y lujuriosos, Argon, Progal, cuña de civilización áurea, pregón de la mañana, fénix de los Cárpatos. Prosaica culpa del pueblo.
La enumeración admite al cosmos, su cifra, la vida de un hombre, sus antepasados y vástagos. La enumeración es al fin la letra de una página, de un párrafo, de una oración, de la palabra y de la silaba, es el universo con sus multiplicados juegos de vacío y su invariable helio.
La guerra acabó, la efigie del combate es una construcción metódica y baladí. Ardua pesadilla de trémulos hombres demasiado prolijos y demasiado culpables. Y usted dirá ¿Culpables de qué? De todo y de nada, de los cielos, acaso, de la convergencia y su azar.
Redacto creo con voz ya áspera vastas colecciones de sustantivos modificados por el tiempo y por la lengua. La mera posibilidad de su elaboración me satisface y agobia, me entristece y acaso sea por compulsión que ubico el sentido desprevenido de tales argumentos. Las jerarquías son leyes inquebrantables, posturas que se suceden con la técnica y la tradición de las letras anónimas.
Los límites de lo privado son demarcaciones desesperadas del caos. El ejército por las tardes cruzaba la cañada, retornaba a lo sumo, y se apostaba en la ciudad.
Custodiaba Luxen la alababa con sus infinitas expediciones su presencia continua, la constante impresión sobre el terreno blandecido por las aguas y las viudas gimoteban frente al umbral y se guarecían del gélido rumor de la ausencia.
Algunos reclutas lograban despojarse de la memorable y patética epopeya de Jasak, pues cada línea de aquella era lastimosa y les inspiraba una íntima e indeclinable vergüenza; otros la padecían y la reputaban infructuosa. Los calzados se añejaron y las estrechas calles se erosionaron por el repetido sello del pie cubierto por el cuero. La noche era noche en virtud de ausencia de luz y no de la quietud o el amparo de la consabida oscuridad formaciones milicianas exoneraba cada rincón del metódico silencio de lo deshabitado. Y aquellos hombres no diferían mucho: imperaban en el cobre y la plata, en los montículos incompletos de las tumbas, en lo pasajes huidizos del horizonte
Se oficializó el sacrificio. Es común ver en pleno día a los niños hendir la hoja del cuchillo, blandirlo y hundir su profundidad en el lomo del venado o el caballo para de algún modo secreto conjurar la época aquella, los persistentes destellos de la furia de la invasión. Se ofrecieron danzas y pequeñas embarcaciones de tela y madera provistas de autónoma lumbre a la divinidades del mar y a aquellos otros que pertenecen a la remota y artificiosa curva del espacio.
Ciertos comunales arrepentidos y hastiados entrevieron los ademanes propios de las muchas frases entrecortadas de Jasak incluso el pecho curtido, las comprensibles debilidades y declinaciones de quien dispone de la sucesión y no de la eternidad.
Por su parte, los muchachos guiados por idéntica precaución o remordimiento solicitan el retiro de las tropas mayormente a los diez años de cumplimiento efectivo, si no eran antes beneficiados por sorteo anual que los dispensaría a la sociedad civil.
No obstante los hijos de aquellos esperarían por el rigor militar. Se los entrenaría para ser guerreros, aprenderían la vigilancia y la delación. Aguardarían una nueva invasión del reino.
La última acaeció hará un año. Los carros se avizoraban a leguas. El ejército respondió con eficacia. La misma o proporcional a la que había imperado en la recuperación económica del estado y al ejercicio nuevamente de la prosperidad. Siete días les bastaron para repeler la invasión.
No obstante no son pocas las veces que entrevemos el signo de un campamento o el curvo de detalle de las herraduras desperdigadas en las cercanías de la ciudad. La sangre de los civiles se hiela por entonces. Los soldados inmediatamente se aprestan para la batalla. Ese movimiento ya es conocido por todos y las semanas transcurren entre preparativos de guerra o el temor de la infame proyección del reino. No es extraño notar lo siguiente: los habitantes de una pequeña cabaña (lo refiero así para simplificar) salen, vociferan, en voz alta a la nada. Sus ojos están completamente vacíos, miran a un punto lejano del espacio, miran sin ver la sombra de los objetos o la proyección. Murmuran cosas, fragmentos de antiguos ritos o canciones de hechicería, casi siempre carentes de verbos de estilo o de cohesión. Algunos cantan marchas olvidadas y recitan palabras desordenadas y por demás extrañas. Los he visto retorcerse, bailar, sacudirse frenéticamente entre el césped recién regado y agitar las manos con las palmas abiertas de derecha a izquierda, de arriba hacia abajo, y cerrarla en un puño sólido, golpeándose frenéticamente en forma de coscorrón la frente y los pómulos.
Se balanceaba también y acaban cayendo de bruces boca abajo y aúllan y ascienden el iris a la altura de los párpados. La boca les tiembla y los labios lacerados por el continuo roce de los dientes que rechinan sangran con imparable impudicia. Puede ocurrir que entre gesto y gesto, tomen la espada que transportan en el cincho y la alucinación les pierde. Gritan y se prosternan agitando el sable con bruta fuerza. Ven a un vecino, a un compatriota inocente que sale a trabajar la tierra, y desesperan. Al grito de ¡invasión, invasión! se abalanzan sobre él y le atraviesan el filo por el vientre. La víctima puede ser un vecino, un hijo e incluso la esposa o los hermanos, el primero que encuentran.
La contienda entre dos no ha sido menos violenta pero si mas reñida. Presos por la locura y la paranoia antiguos vecinos, parientes y amantes se desgarraron el uno al otro, imbuidos por el demencial espejismo del invasor.
La locura es el reino de Luxen; el invasor y el rey han perdido la batalla, han sido anticipados por un adversario mas implacable e impertinente: el terror.”
El dueño de la cabaña luego de finalizar el relato quedó completamente ensimismado, recostado contra la pared. Schmitdl logró erguirse y caminó unos metros hasta la puerta de la cabaña. Observó a un hombre que hablaba con la vista enclavada hacia el firmamento, escupía y maldecía, alzando repetidamente los brazos. Comenzó a flexionarlos, luego, con frenesí. Después corrió hacia la lejana perspectiva del bosque. El forastero Schmitdl, impávido por el asombro atravesó el umbral, abandonó la casa y con la atención puesta en aquella espectacular huida, permaneció de pie hacia la dirección escogida por el nativo de Luxen. El rumor fue breve, imperceptible. La atención dispersa en aquel raro acontecimiento solo le permitió percibir el contorno breve de una sombra, moviéndose espasmódicamente, que se le acercó por detrás. Acaso también el frío recorrido del acero que le desgarró la carne y los huesos a la altura del abdomen.

